Calidoscopio

Y dio otro bocado.

_  Recuerdas cuando bailábamos ignorando el tiempo.

_  Era el brillo del diamante robado.

_ No supimos comprender los límites.

_ Porque no habían, ese era el juego.

_ Un juego sin límites, ni tiempo, ni espacio.

_ Astronautas a la deriva, ya lo escribió Bradbury.

_ Sí, hemos cruzado la atmósfera.  Nos hemos desintegrado.

Se acercó un desconocido a la mesa: ¿me firmáis el libro?

Era la novela que escribieron juntos, hace más de veinte años.

_ No. Estamos comiendo.

_ Éste debe ser el que nos confundió con una estrella fugaz.

_ Creo que no se confundió.

El hielo es un fósil con fecha de caducidad.

El Sueño del Agua

Todavía con los pies sobre la nieve, clavo en el hielo el piolet que,  con determinación, agarra mi mano derecha.  Sólo necesito unas décimas de segundo para cerciorarme de que la hoja ha entrado lo suficiente en el consistente hielo con lo que paso a clavar el piolet de mi mano izquierda. Es cuestión de oído. Soy un músico afinando su instrumento de cuerda. No necesito largos razonamientos para saber que la tercera cuerda al aire suena a Sol. Simplemente lo sé, los piolets han agarrado bien. Sin tiempo a que mi corazón componga una tríada de latidos imito la maniobra con los pies, esta vez clavando los crampones a patadas, mientras mis ojos se encargan de orientar y a la par que,  una vez más, mis oídos se atarean en juzgar. Todo  va bien. Las notas que componen la partitura, al interpretarlas en su justa precisión, van armonizando la melodía que acompaña a esta danza de cristal. Nada más existe.

Mientras mi respiración se une a este concierto que la naturaleza me permite interpretar en una de sus lágrimas congeladas, sigo escalando sin ver más allá de lo que alcanzan mis piolets y mis crampones. Durante esos instantes pienso que un ciego con buen oído podría escalar cascadas de hielo.

Cuando llego a la reunión en la que mi compañero ha estado asegurándome, éste me pregunta: ¿qué tal? Mi respuesta, un escueto “bien”, ha sido un paso en falso en mi vuelta a la realidad. No tardo en asegurar el siguiente paso con un “muy bien”, que me asegura que mi cabo de anclaje está bien chapado a la reunión y que la música ahora le toca escucharla a él, mientras yo, debo permanecer en este pedazo de empirismos, donde la razón toma el timón de cualquier decisión, para velar por la seguridad del que ahora va a interpretar su propia partitura.

Hace un hermoso día. El sol pinta las laderas que tenemos a nuestras espaldas. Apenas sopla viento, la temperatura permite trabajar en la reunión sin guantes.

Casi en paralelo a nuestra reunión, un francés, al igual que yo, asegura al primero de la cordada mientras silba una melodía . Nos miramos y sonreímos. En ese momento siento que la vida cobra su mayor sentido. Que he visto el brillo que desprende la felicidad en esa mirada. Que la frontera entre lo real y lo irreal, entre la vida y la nada, se difumina ante el rotundo poder de la pureza, de la verdad.

Viernes

Me he despertado a las cinco de la mañana. Apenas he dormido cuatro horas de sueño traqueteado,  como un motor que intenta arrancar en una noche helada. He tomado un café y me he sentado a escribir. Nada coherente. Frases desvencijadas. Eslabones perdidos que no se encuentran. Granos de arroz en la puerta de una iglesia.

Busco inspiración: leo.

Va amaneciendo.

Saco al perro.

La plaza vacía y algún coche cortejándola.  El chucho marca y rastrea. Alguien al que le quedó corto el sueño la cruza como si caminase sobre las aguas.

Yo tampoco sé qué me deparará el día.

Independencia

Papá solía morirse dos veces al día, a las siete de la mañana y  a las diez de la noche. Siempre lo hacía en el mismo escenario: el vestíbulo de la casa. Cuando le ponían la correa caía al suelo;  el cuerpo rígido,  las patas estiradas y tiesas. Tenían que sacarle en brazos.

Ahora yo vivo en el jardín, y hago mis necesidades cuándo y dónde quiero.

El poder de la palabra

Victor Klemperer, filólogo alemán de origen judío y casado con una mujer alemana “aria”, durante la guerra vivió en una “casa de judíos” y trabajó en fábricas alemanas auspiciadas por el  Tercer Reich. Durante ese tiempo, realizó un trabajo de campo sobre el uso y manipulación de las palabras, y sus significados,  por parte de los nazis.

Extracto del libro de Victor Klemperer, LTI, Lingua Tretii Imperii (2001 [1947]).

El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente. […] Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Si alguien dice una y otra vez “fanático” en vez de “heroico” y “virtuoso”, creerá finalmente que, en efecto, un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe. Las palabras “fanático” y “fanatismo” no fueron inventadas por el Tercer Reich; éste solo modificó su valor y las utilizaba más en un solo día que otras épocas en varios años. (Klemperer, 2001: 31-32)

Veo tus huesos de tan delgado, en blanco y negro. Tus ojos hundidos son ciertos. El pelo  de ceniza te molesta y no lo apartas, dejas que juegue contigo, como lo han hecho el tiempo y los sueños, que ya solo son estelas en tu cara.