Lupe

Lupe está muerta. Y lo primero que hace cuando entra en su taller de alfarería, a la hora en que el alba es un fuego lejano que se deja entrever sobre la Alpujarra granadina, es encender el horno, ya que siempre deja, la noche anterior, alguna pieza en estado de cuero, es decir, al aire, para que se seque y endurezca antes que el calor del fogón la dote de resistencia y sonoridad. Lupe es sordomuda, así que, la sonoridad la comprueba a través de las vibraciones que siente cuando golpea la vasija con un diapasón, como si estuviese comprobando la afinación de un instrumento recién construido, y es que, desde muy temprana edad, Lupe aprendió que con sus manos podía oír sonidos, comunicarse, y lo más importante para ella, aprendió que con sus manos podía crear.

Lupe tiene sonrisa de seda; sus ojos, propios de un Husky siberiano, son del azul del hielo. De allí parece que provenga su belleza silenciosa, de las llanuras heladas donde la frontera entre la vida y la nada se difumina hasta tal punto que hace emerger la verdad desnuda y escarchada. Y así es ella, pura verdad.

No le gusta el comerció con dinero, Lupe no entiende de dinero, se hace la sordomuda para esas cosas; de hecho, las vasijas, en su mayoría, se las vende una amiga que tiene una tienda de artesanía a la gente de terraza y guía turística; otras las utiliza como trueque de fruta, verdura o aceite, con los agricultores de la zona —que compiten entre ellos, como niños, a ver quién tiene el botijo más original de la Lupe—, otras las regala, y alguna pieza que por cualquier motivo considera especial, la guarda en el taller.

Una vez ha introducido las piezas en el horno, prepara la arcilla o el barro. Lo hace con andares de alquimista, de forma meticulosa y trascendental. El barro que más le gusta es el de tierra sigilata, el preferido de los romanos —me escribió una vez en su inseparable libreta—. A continuación se sienta en el torno y se olvida del tiempo, o lo ignora, o no le importa que pase o que exista, para ella en ese momento nada más existe, y modela con sus manos sucias, piezas tan únicas que no necesitan nombre ni apellidos.

Lupe tiene treinta y ocho años, y la vida, para ella, ya es solo una estela cada vez más difusa. Le pincho morfina cuatro o cinco o nueve veces al día, y me escribe, sonriendo, que es la yonki más yonki que jamás conoceré, y yo me trago las lágrimas y mi estómago se convierte en una maroma liada, entonces la cojo en brazos y la bajo al taller, donde con sus ojos azules se despide de todo, porque se va a meter en la cama y no se va a volver a levantar.

El taller es la planta baja de nuestra vivienda, ello me permite ser testigo de esa rutina a diario. Y todo sigue igual, todo en su sitio, ignorando el tiempo; tiempo que no ha conseguido que hable de ella en pasado. Tiempo que no ha logrado pervertir la memoria a la que nos aferramos todos los que la conocemos aunque tengamos yagas en las manos y óxido en las uñas; y es que a Lupe le gusta escribir: “nunca he aprendido nada de nadie con las uñas limpias”, lo ha leído en algún libro y lo escribe en su libreta y se lo enseña a todo el mundo, a la gente que la quiere y que forma parte de su universo de verdad escarchada del azul del hielo.

A veces subo a Sierra Nevada y busco entre el hielo ese azul, y cuando lo veo cojo un trozo y lo aprieto con la mano hasta que se convierte en agua y se me escapa entre los dedos helados que me duelen.

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