El domador de osos

Me llamo Vasile Antonescu y soy domador de osos. Vivo en Brasov, una ciudad a pocos kilómetros de Bucarest, desde La Revolución de 1989. Hasta entonces yo era funcionario en la capital, pero con la caída de Ceauşescu, muchos de los que trabajábamos para el estado también caímos, no por cómplices ni nada por el estilo -por aquel entonces casi todo el mundo era funcionario, ya que prácticamente todo lo controlaba el gobierno-, si no porque gran parte de la burocracia desapareció. Así que, una vez sin trabajo, y con Bucarest patas arriba, decidí marcharme a buscarme la vida a otra parte; me presenté en la estación de autobuses, cogí el primero que salió, y aquí llegué a parar.
Al principio no tenía un ban en el bolsillo, y cuando conseguía engañar a algún lugareño -diciéndole que yo era una víctima de La Revolución, que luché en primera línea contra las fuerzas de Ceauşescu, que ahora no tenía nada-, y le sacaba algunos banis, rápidamente buscaba la taberna más cercana y me lo gastaba en vodka. Y es que de alguna manera había que combatir el frío que era capaz de agarrotar los músculos tanto como lo hace la muerte. También, por ello, y porque no tenía ningún sitio donde alojarme, ni nada que comer, me pasaba todo el día vagabundeando. Bien es cierto que el dinero, como he dicho, solo lo invertía en esa santa bebida que Dios puso en la tierra para sobrellevar nuestra culpa. Soy el primero en reconocerlo, así que no espero comprensión por parte de nadie.
Así fue como me encontré cara a cara por primera vez con un oso, vagabundeando. En concreto en un barrio periférico de la ciudad llamado Racadau. Me acababan de echar a patadas de una taberna por no poder pagar el último vaso de vodka, el estomago lo tenía completamente vacío, en todo el día no había conseguido engañar a ninguna de esas entrañables ancianas que vestidas de negro y con sus pañuelos en la cabeza caminan encorvadas como escondiéndose del pecado, por lo que no me quedó más remedio que rebuscar en el contenedor que había en la puerta de atrás de un restaurante. Se llamaba Taberna de Sinaia.
La puerta trasera del restaurante daba a un descampado, y no mucho más allá, comenzaba el bosque que rodeaba a la ciudad. Estaba completamente oscuro, solo la luz de la luna me permitió distinguir el contenedor. Esperé alrededor de una hora a que cerrase el restaurante y tirasen las sobras. Cuando el frío ya había evaporado el vodka que había conseguido beber aquella tarde, e incapaz de controlar los temblores de la boca, se abrió la puerta y salió un hombre que pude ver perfectamente porque le iluminaba, como un foco, la luz que salía del interior; iba vestido con varios delantales de cocina, unos encima de otros, amarrados alrededor de su panza. Apenas se le podían ver los ojos, las mejillas eran dos bolas de billar rojas, y el espeso bigote le tapaba parte de la nariz. Me vio y dijo:
_Toda esta comida es para Dimitrie, así que ten cuidado no se vaya a enfadar.
Miré a mi alrededor y no vi a nadie, es más, llevaba más de una hora allí y sabía que estaba solo.
_¿Cómo que Dimitrie? ¿Qué Dimitrie? -pregunté a duras penas, ya que la mandíbula no dejaba de moverse a su antojo.
_Tú espera un rato y lo conocerás, no te preocupes. Él mismo se presentará -hablaba gritando. Volvió a entrar y cerró de un portazo.
Pensé que Dimitrie sería otro vagabundo que solía ir por allí a hacer lo mismo que yo, así que abrí la tapa del contenedor y me encaramé a él. Empecé a sacar bolsas. Entonces oí unos pasos detrás de mí. No dudé que se trataba del famoso Dimitrie, pero como vi que había comida de sobra no me preocupé demasiado -seguro que no le importa compartir con un colega. Cuando sentí la presencia cerca de mí, me di la vuelta y vi el oso. Grité e intente huir corriendo hacia atrás, choqué con el contenedor y caí al suelo. Para mi asombro el oso no me atacó, se quedó inmóvil, mirándome con una tranquilidad pasmosa. Era como si me estuviese diciendo: “cuidado no te vayas a matar”. A rastras me separé del contenedor y de las bolsas de basura. Entonces el oso se acercó y comenzó a destrozarlas, mientras yo, incapaz de darle la espalda, me quedé allí mirando como acababa con toda la comida. Cuando terminó, lentamente desapareció por el bosque.
Al día siguiente volví al mismo lugar, no sé si por curiosidad o por hambre, o por ambas cosas a la vez. Esta vez, cuando apareció el hombre de los delantales, echó las bolsas al contenedor y me preguntó si ya conocía a Dimitrie. El oso ¿no? -dije yo. Me dijo, que si no le molestaba mientras comía no me atacaría. Que llevaba tanto tiempo bajando de las montañas a por las sobras que casi era uno más de la familia, y que por eso le tuvieron que bautizar. Y que le pusieron Dimitrie en honor al difunto padre de su mujer Viorica.
_Qué pasa, que no tienes donde caerte muerto ¿verdad, muchacho? -me dijo a gritos. Le dije que en verdad así era, y le conté la historia de La Revolución y todo eso-. Sí ya, siempre la misma cantinela, que si yo luché para derrocar al tirano… ya me sé de sobra esa canción -e hizo un amago de entrar en el restaurante -. Ah, como veo que te llevas bien con Dimitrie, si quieres comida y techo, necesito un ayudante en la cocina. Mañana abrimos a las diez -entró y cerró la puerta.

Vladimir Petrescu era el dueño del restaurante, desde que el padre de Viorica Petrescu, se lo cediese como herencia para que a su hija y a su nieta no les faltara de nada. La hija de ambos, Nicoleta Petrescu, también trabajaba en la Taberna de Sinaia. Ellas dos se encargaban de las mesas, mientras que Vladimir lo hacía de la cocina. Mi función, efectivamente, era la de ayudar en la cocina. Fregar, cortar cebollas y patatas y, sobre todo, limpiar al final de la jornada y echar la basura al contenedor. A cambio tenía derecho a quedarme a dormir allí mismo en un colchón que había tirado en el almacén, y a dos comidas diarias. No me podía quejar, teniendo en cuenta que era fácil hacer desaparecer alguna botella de licor que me acompañaba por las noches, y que durante el día a Vladimir le gustaba compartir algún trago que otro.
Una noche acabamos tarde. A mí todavía me quedaba sacar la basura al contenedor, y la familia Petrescu ya se habían marchado. Abrí la puerta de atrás y vi al oso. Juraría que se alegró al verme. Igual que si fuese un perro, todavía no había echado las bolsas al contenedor cuando se acerco y comenzó a olisquearme. Las dejé en el suelo y rápidamente les hincó el diente. Al minuto estaban destrozadas y toda la basura desparramada por el suelo. Sólo se comió las sobras de comida, ni un envase de cartón, ni siquiera una servilleta de papel. Desde ese día, cuando los Petrescu se marchaban, cogía la botella de Pálek -un licor de hierbas de la zona-, las bolsas, y me sentaba afuera mientras Dimitrie comía su ración diaria. Acabé hablándole y contándole mis problemas del día, lo desconcertado que estaba por el ambiente que se respiraba en el restaurante; y yo diría que hasta me entendía, ya que cuando terminaba y antes de irse, me echaba una mirada como diciéndome: “no sabes dónde te has metido”.
Y es que pronto comencé a darme cuenta de los ojitos que me ponía Nicoleta cuando entraba a la cocina a por algún pedido, del cambio de actitud de Vladimir, llegando a darme una noche libre por semana y algunos banis para que me los gastase en algún antro del barrio, e incluso Viorica, me trajo una manta más para que no pasase frío.
Una tarde, que era cuando el restaurante estaba más tranquilo, Vladimir me dijo que quería hablar conmigo, cogió una botella de vodka ruso, el mejor que tenía, y me hizo pasar al almacén. Justo detrás nuestro entró Viorica con dos sillas para que nos sentásemos y me miró con una sonrisa que me asustó. Vladimir sirvió dos vasos, me dio uno a mí, me miró fijamente a los ojos, brindamos, y me dijo:
_Bueno Vasile Antonescu -era la primera vez que me llamaba por mi nombre-, queremos que te cases con mi hija Nicoleta. Está embarazada, y el cabrón que la ha dejado preñada ha desaparecido. No voy a permitir que Nicoleta tenga el hijo o la hija o lo que sea sin estar casada y que entre la deshonra en nuestra familia. Y ¿quién mejor que tú? Te he visto de cerca, y eres un joven trabajador, bien es verdad que te gusta el agua de fuego, pero a mí también, y eso no nos impide que seamos buenos maridos ni que descuidemos nuestro trabajo, ¿verdad?

Ese fue mi último día en la Taberna de Sinaia. Le hice ver a Vasile que veía la propuesta con buenos ojos, que algo tan importante necesitaba un tiempo de reflexión, y que al día siguiente se lo confirmaría. Esa noche, cuando la familia Petrescu se marchó, recogí mis cosas, a las que añadí un par de botellas de vodka, y saqué la basura por última vez, con la intención de despedirme de Dimtrie. El oso no faltó a la cita. Mientras él comía me senté, abrí una botella, y entre trago y trago, le conté lo sucedido.
Tú la has visto y sabes lo fea que es – le decía-, huele a carne de pollo podrida, no habla, solo hace que reír como una urraca. Prefiero volver a la calle que dormir en la misma cama con ella, y encima con un hijo, ni loco, vamos -Dimitrie, de vez en cuando, dejaba de comer y me miraba-. Lo peor es que no te voy a volver a ver, y eso me duele. Creo que eres la primera persona, bueno no, el primer… ¡coño, da igual!, que me escucha.
Esta vez, cuando acabó de comer, no desapareció por el bosque. Se dejo caer al suelo. Me quedé tan sorprendido que enmudecí. Era la primera vez que le veía actuar de esa manera, y durante un buen rato estuve sin capacidad de reacción. Al cabo de un tiempo, sin decir nada, me levanté lentamente. Entonces él también se puso de patas. Me volví a sentar. Y él se echó al suelo. Me levanté, de nuevo, y Dimitrie hizo lo mismo. Caminé unos pasos, y me siguió. Me detuve, y paró. Me puse en cuclillas, y no hizo nada. Pero al incorporarme, él también se incorporó y se puso a dos patas. Hubiese podido pensar que me iba a atacar, pero dado cómo se habían desarrollado las cosas, era evidente que me estaba imitando. No sabía qué hacer para que volviese a ponerse a cuatro patas, así que se me ocurrió dar una palmada, y Dimitrie se dejó caer hacia delante y recupero su posición natural. Saqué la botella de vodka y di un trago, que en ese momento, pensé que era el más largo que había tomado nunca, me ardió hasta el bajo vientre. Él no hizo nada, solo me miró.
Así fue como descubrí mis dotes de domador de osos. Esa noche acabé borracho perdido, durmiendo cerca del bosque y con Dimitrie a mi lado dándome calor. Al día siguiente comprobé que lo de la noche pasada no fue consecuencia del alcohol. Dimitrie siguió imitándome. Solo hacía falta comprobar si era capaz de hacerlo en las calles de la ciudad delante de otras personas.
Abandonamos el barrio de Racadau, para evitar encontrarnos con la familia Petrescu y, rodeando la ciudad por el bosque, nos adentramos en ésta por Noau, otro barrio limítrofe. Durante el camino vi una antigua cabaña de pastor, abandonada y prácticamente en ruinas. Era evidente que los osos habían hecho buena cuenta del ganado, y quién sabe si del pastor también. Con algún retoque será buen sitio para pasar las noches, pensé.
Una vez en las calles de Noau, cuando nos encontramos con el primer viandante, y antes de que éste se percatase de la presencia de Dimitrie, le di las órdenes, y Dimitrie no falló. Hizo lo mismo que la noche anterior, echarse en el suelo, levantarse, ponerse a dos patas, incluso improvisé y conseguí que diese vueltas sobre sí mismo. Poco a poco se iba congregando más gente alrededor de nosotros, eso sí, en un principio, a una distancia más que prudente, y luego, y alentados por mi verborrea, fueron cogiendo confianza y se acercaron un poco más. Repetimos el número una vez más, desde el principio, y al terminar, pasé una bolsa de plástico entre el público. Recogimos poco dinero, pero lo suficiente como para pensar que si ensayábamos más, y se corría la voz por la ciudad, vendrían de todos los barrios a vernos, y las cosas serían bien distintas.
Terminado el espectáculo volvimos a la cabaña a celebrarlo. Todavía me quedaba una botella de vodka de las dos que me llevé del restaurante. Dimitrie nada más llegar se echó al suelo, creí ver en su cara que estaba cansado. Yo al poco rato ya estaba borracho, sentado y cantando viejas canciones de amor. Cuando se nos echó la noche encima, el alcohol me sumergió en un profundo sueño. Me despertaron las primeras luces del día, que se colaban sin piedad en la cabaña. Abrí los ojos y no vi a Dimitrie. Salí fuera y tampoco estaba. Le llamé a gritos. Bajé a la ciudad a buscarle. Me adentré en el bosque. Volví hasta el restaurante de los Petrescu. Nada. Ni un solo rastro de Dimitrie.
Agotado, al final del día busqué en Noau una taberna, todavía llevaba en los bolsillos los banis que recaudamos en la actuación. Bebiendo, llegué a la conclusión de que Dimitrie, cuando cayó la noche y me dormí , hambriento y cansado de todo el día se marchó en busca de comida. Teniendo en cuenta que el barrio era nuevo para los dos, lo más probable es que no supiese volver a la cabaña y se adentrase en el bosque sin encontrarla.

Ahora vivo en una fábrica abandonada donde con unas cajas de cartón me he construido un pequeño zulo en el que paso las noches, cerca del barrio de Noau, a donde sigo yendo a pedir limosna. De vez en cuando vuelvo a la cabaña con la falsa esperanza de encontrarme con Dimitrie, o a la Taberna de Sinaia, que ya cerró después de que Vladimir destripase a alguien con un cuchillo de cocina por hacer referencia al embarazo y la soltería de Nicoleta. Se dijo que Viorica y Nicoleta se fueron a un pueblo perdido en las montañas donde tenían algún familiar.
Como de la caridad de alguna anciana, a las que ya no intento engañar, porque ya no engaño a nadie. Suelen darme algún mendrugo o un trozo de queso florido.
Por las noches, sueño que ensayamos sorprendentes números que luego representamos por toda la ciudad con gran éxito. Sueño que la voz se corre y el dueño de un circo nos hace una suculenta oferta para trabajar en su carpa, y que en el cartel se anuncia con letras grandes y llamativas: “Vasile Antonescu, el domador de osos”.

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