Una tarde de otoño

I
Antonio Pérez trabaja vendiendo tickets en la estación de trenes del pueblo. Nunca mira la cara de los que se acercan a su ventanilla, clava los ojos en el mostrador y de forma automática recoge el dinero y entrega el ticket mientras su mirada solo alcanza las manos del viajero. Cuando termina la jornada y regresa a casa lo primero que hace es lavarse las manos, hecho en el cual invierte diez minutos, a continuación se prepara la cena y se sienta en la masa camilla del salón, donde come mientras ve la tercera edición del telediario. Nunca coge el teléfono ni abre la puerta a nadie, el tiempo le ha demostrado que por teléfono solo quieren venderle algún producto y que el de la puerta siempre es el cartero.
Los días festivos los suele emplear haciendo puzles, que luego enmarca y cuelga en diferentes estancias de su casa según la temática de la imagen. En el salón están los paisajes, en el dormitorio edificios emblemáticos, en el pasillo los bodegones, y en la habitación donde los arma se pueden ver navíos y aviones de otro tiempo.
Una vez al mes, Antonio, acude a un centro de estética donde le hacen la manicura. Solo permite a una esteticista que toque sus manos y modele sus uñas, con lo cual su estancia en la sala de espera es indefinible. Cuando Carmen asoma por la puerta, le llama por su nombre y le mira a los ojos, Antonio nota que su corazón despierta sobresaltado, y no dice nada porque en ese momento, más que en cualquier otro, su voz se ha ido a otra parte y no la espera de vuelta hasta que Carmen haya terminado. Por eso mientras sus manos se tocan Antonio no piensa, solo imagina.
De vez en cuando se le puede ver sentado en algún banco de la plaza con una muleta a su lado, intenta averiguar el sexo de las palomas, al menos eso es lo que me contó cuando me senté a su vera una tarde de otoño. Hacía casi veinte años que no nos veíamos. Fue él el que me reconoció.
II
La estación de RENFE se encuentra cerca del instituto. Es una estación pequeña, asilvestrada, en medio del campo. Desde las clases de la segunda planta se puede ver como los trenes de la única línea que existe, excarcelan y encarcelan a los pasajeros durante sus paradas. Desde que Antonio descubrió aquel escenario de tránsito unánime, decidió pasar más tiempo allí que sentado en un pupitre.
Algún día tuvo que dejar la estación porque le echaron del instituto y eso no lo supo perdonar. Se alistó voluntario en el ejército. Al poco tiempo decidió ir a Bosnia en misión de paz. A los dos meses y un día una bomba explotó al paso de un vehículo blindado. En él iban Antonio y tres compañeros más. Quedó inconsciente y no sintió dolor. Los otros salieron mejor parados. Le amputaron una pierna y de la otra salvaron hasta la rodilla. Le repatriaron a España, “como cuando envías un paquete al extranjero, con la dirección equivocada, y te lo devuelven”, me dijo. Y se convirtió en un bulto molesto que nadie quería, ni los militares ni la sociedad civil.
Cuando terminó la rehabilitación consiguió caminar con dos prótesis y una muleta, y se instaló en el pueblo, en casa de su madre, que no tardó en exhalar el último aliento desde que vio entrar a Antonio por la puerta.
III
_La alcaldesa quiso hacerse la foto. En un principio pensé, que se jodan los políticos y la madre que los parió. Pero luego se me ocurrió que podría sacar algo a cambio. Después del acto le solté: me gustaría trabajar en la estación, así de sopetón, y a la tía se le abrieron los ojos como si le hubiese dicho que me la quería follar. Me preguntó que cuánto estaba cobrando de la pensión de incapacidad, y le dije que no era por dinero, que no quería estar en casa sin hacer nada, ni pasear por el pueblo como una atracción de circo, “y ¿qué puedes hacer tú en la estación?” me preguntó mirándome de arriba abajo, vender tickets, le contesté. Y hasta hoy.
_Bueno por lo menos se enrolló.
_Se enrrolló los cojones. La tuve que amenazar con ir a la tele a algún programa basura a contar toda esta mierda -y se quedó unos minutos mirando otro mundo que solo él conocía. ¿Y tú no te fuiste a vivir a Valencia? -me preguntó.
_Sí pero volví hace siete años. He estado viviendo en una casita en el campo hasta hace dos meses, que me bajé al pueblo. Allí no tenía luz, y en los inviernos me quedaba pajarito con la puta artrosis. He alquilado un pisito aquí detrás. Por eso no me he enterado de nada.
_ ¿Artrósis? Si Dios existe es un hijo de perra. Bueno, cuando quieras me llamas y te vienes a cenar. Hago unas pitas cojonudas.
Se levantó y se fue caminando con sus pies de plástico camuflados en unas deportivas. Esperé hasta perderle de vista mientras las hojas secas se movían a merced del viento formando pequeños remolinos y la tarde iba oscureciendo.