Pou Clar

En el Pou Clar el agua está tan fría que los niños juegan al despiste. Se acercan a la orilla, mojan un pie, y salen despavoridos entre risas histriónicas y gestos de excitación. Los adolescentes se retan entre sí a ver quién realiza las acrobacias más sorprendentes lanzándose desde los peñascos, desafiando la temperatura y la dureza del agua. Los adultos se bañan poco a lo largo del día. Se les suele ver sobre manchas de sombra de carrascas y fresnos; sentados en sillas plegables que ellos mismos acarrean; leen, duermen, conversan.
Una mujer de mediana edad se deja mecer por el vaivén del agua, a bordo de una colchoneta hinchable. Tiene los ojos cerrados pero no duerme. Los brazos le cuelgan por los laterales del estridente artilugio, y acaricia el frío elemento como si de seda se tratase. En su rostro, de nariz puntiaguda y finos labios, se pueden intuir los trazos de una sonrisa difuminada.
A mediodía se empiezan a ver bocadillos y refrescos que permanecían ocultos en neveras portátiles. Los adultos, dejan el libro, la conversación o el sueño y llaman a sus hijos. Los adolescentes se van reagrupando en corrillos, satisfechos con la actuación realizada, ocupan los rincones más inaccesibles del paraje. Descalzos como indios, se mueven con destreza y agilidad por grandes bloques de piedra caliza. La mujer, aprovecha el momento para girar su cuerpo lateralmente y zambullirse sin soltar la colchoneta – estremecida aparece su cabeza fuera del agua -. Comienza a mover las piernas y, como si nadase pero con las manos agarrando la lona hinchada, se dirige hacia la orilla. Cuando sus pies alcanzan el fondo se yergue. Con torpeza, camina sobre las piedras hasta que abandona el agua, mientras sujeta la colchoneta con una mano. Busca el rincón dónde dejó su bolso de mimbre y se sienta y suspira suavemente, y permanece unos segundos observando el juego de luces de un espectáculo teatral que la naturaleza representa en uno de sus manantiales de vida.
Se viste sobre el biquini, deshincha la colchoneta, y con mimo la dobla para que quepa en el bolso; y abandona el lugar sin distraer a los que comen, conversan o juegan al despiste, y se acomoda la media melena mojada detrás de las orejas, y la brisa le arranca una última gota de agua fría.

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