Volver a intentarlo

Recuerdo el día en que el presidente Kennedy fue asesinado. Ese mismo día decidí volver a pasar una temporada en el centro de Harry. Volver a intentarlo.
Por aquel entonces yo vivía con Anne, la conocí después de mi primer ingreso, y no sabía de mis problemas con el alcohol.
Los domingos solíamos preparar una barbacoa a la que invitábamos a amigos. Nos levantábamos temprano, y después de un rápido desayuno, Anne encendía la radio de la cocina y se ponía a preparar las chuletas, a hacer las hamburguesas y las salsas, mientras, yo daba un repaso al césped del jardín. Luego me duchaba, me cambiaba de ropa y me servía una copa. Solía salir al jardín a tomármela, no soportaba oír a Anne cantar las canciones que salían del transistor. El olor del césped recién cortado me recomponía.
Aquel día tenían que venir Ted y Evelyn. Cuando me disponía a encender el fuego sonó el teléfono, Anne ya había apagado la radio y se había metido en el cuarto de baño. Entré corriendo y contesté con el resuello en la boca. Era Ted. Lo sentía mucho pero no iban a poder venir, acababan de discutir y Evelyn se había encerrado en el dormitorio y se negaba a ir a ninguna parte.
Me serví otra copa, encendí un cigarrillo y me tiré en el sofá —la barbacoa era el escenario perfecto para beber sin sentimiento de culpa, en sociedad.
—¿Quién era John? —Anne apareció en mi espalda.
—Ted y Evelyn han discutido y no van a venir —le contesté enfurruñado.
—¿Y qué vamos a hacer con toda esa comida?
Anne se adentró en el salón y se puso de pie al lado del televisor. Llevaba una toalla en la cabeza a modo de turbante, otra que sujetaba con las axilas y que apenas le sobrepasaba la cintura. Se inclinó un poco hacia delante extendiendo los brazos, con las palmas de la mano hacia arriba, y puso una expresión en su cara como si de ello dependiesen nuestras vida. Anne era muy dada a ver el fin del mundo en cualquier esquina, y acostumbraba a esforzarse porque se le notase.
—Congélala —dije y me bebí la copa de un trago
—¿Cómo voy a congelarla si las chuletas ya se están macerando y las hamburguesas ya las he barnizado?
—¿Barnizado? ¿Desde cuando se barniza la comida? Se barnizan los muebles, los marcos de las puertas, pero ¿la comida? —exclamé mientras me levantaba del sofá.
—Sabes a qué me refiero John.
En esos momentos, Anne, acostumbraba a utilizar un tono de súplica, cantarín. La toalla que le cubría el torso estuvo a punto de caérsele. Se la volvió a colocar debajo de las axilas con gestos sobreactuados y comenzó a caminar arrastrando las zapatillas, con pasos cortos, hacia mí.
—Pues dásela a los pobres. Me voy a Barney´s —salí de casa y subí en el coche.
—¿Pero John, te vas y todo esa comida ahí? —me dijo desde la puerta.
Arranqué el coche y aceleré haciendo chirriar las ruedas.
A esas horas de la mañana en Barney´s apenas había nadie, pero el local estaba tan oscuro como si fuesen las diez de la noche. Entré y me senté en la barra. Le pedí un whisky a Barney, que no pudo evitar poner cara de “qué haces tú aquí a estas horas”. Mientras me servía le hice un gesto con la cabeza interrogándole acerca de la chica que estaba sentada a mi derecha. Se encogió de hombros y se apartó de nosotros. Era morena con el pelo largo, tenía la vista clavada en el televisor, que en ese momento estaba ofreciendo un partido de beisbol.
—¿Con quién vas? —le pregunté.
—Con el que gane —dijo girando la cabeza lentamente hasta mirarme.
—Entonces con los Knicks.
—He dicho con el que gane, no con quien va ganando —y dio el último trago a la cerveza.
Le pedí otra cerveza para Sarah (así me dijo que se llamaba) a Barney, y otra copa para mí. Estuvimos hablando de trivialidades, interrogándonos, jugando al gato y al ratón. Yo tomé tres o cuatro consumiciones más mientras tanto. Entonces noté que el momento había llegado. Dudé un instante, era la primera vez que sentía un deseo impune de ser infiel a Anne, alguna otra vez se me había pasado por la cabeza, pero deseché la posibilidad sin esfuerzo. Ese día lo vi claro.
—¿Te llevo a alguna parte? —le pregunté.
En ese momento Barney subió el volumen del televisor, habían interrumpido el partido para conectar con Dallas. “¡Han disparado al presidente!”, gritó Barney. Para mí fue como si el despertador hubiese interrumpido un sueño excitante. Barney estaba lo más cerca posible de la tele. “Oh, Dios mío”, susurró Sarah que dejó el taburete y se puso de pie junto a Barney. Yo, sin decir nada salí del local.
El contraste de luz casi me tiró al suelo. Tardé en encajar la llave en la cerradura del coche. Hice marcha atrás y encaré la carretera sin saber a dónde me dirigía. En el primer cruce paré ante una señal de stop. Ningún vehículo pasó delante de mí, sin embargo seguí parado, con el motor en marcha, y rodeado de calles desiertas. Comencé a sentir que me ahogaba, todo comenzó a dar vueltas, tanta soledad no era posible. “¿Han disparado al presidente? ¿Dónde están todos? ¿Al presidente Kennedy?” Abrí la puerta, incliné la cabeza hacia el asfalto, y vomité. Quise morir, o sentí que me moría. Estaba sudando. Las manos me temblaban. Me incorporé y busqué en la guantera pañuelos de papel, tropecé con una tarjeta, me quedé hipnotizado mirándola durante varios minutos. Era del centro de desintoxicación de Harry.
Al fin me limpié la boca con la manga de la camisa, retomé la marcha y me dirigí a casa. Cuando entré Anne estaba pegada al televisor.
—¡John, cariño, han matado al presidente, el presidente Kennedy ha muerto!

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