Un niño es un catálogo de profesiones

A las afueras del pueblo, como una isla en un mar de bancales, se encontraba el colegio de primaria. Al terminar las clases, algunos niños demoraban la vuelta a casa. Cargados con sus mochilas, se dedicaban a lo que más les importaba. Se les podía ver robando albaricoques, o construyendo cabañas con palés sobre las ramas de  los olivos, o afilando y lijando cañas secas que convertían en lanzas – con las que se defendían del ataque de sus antagonistas, que ellos mismos designaban -. Cuando llegaban a casa, ya llevaban varias vidas vividas.

Una mañana de finales de septiembre, recién comenzado el curso, mientras estaban en clase, aparecieron las primeras excavadoras. Los niños, ignorando a la profesora, se abalanzaron sobre las ventanas. Uno sugirió que se trataba de una invasión de enormes insectos de hierro. Otro matizó que sí, eran insectos, pero con boca de tiburón. Alguien que después de las clases cruzaba los bancales sin detenerse hasta llegar a casa, informó que solo eran excavadoras, y que servían para hacer agujeros en la tierra. Asier, que con cuatro amigos, tenían una cabaña a medio hacer en un lugar recóndito, se le quedó mirando con los ojos bien abiertos y chispeantes.

La profesora consiguió que los niños volviesen a sus pupitres. Les dijo que las excavadoras estaban allí para habilitar algunos bancales, de forma que los feriantes pudiesen instalar sus atracciones. La feria, a partir de ese año, durante el mes de noviembre, iba a instalarse junto al colegio. Una catarata de gritos y risas histriónicas inundó el aula.

Al terminar las clases, Asier no acompañó a sus cuatro amigos a terminar la cabaña. Se dirigió a ver cómo trabajaban aquellas máquinas, y comprobó que cada una de ellas, era dirigida, desde una pequeña cabina, por un operario. Esa noche, mientras cenaba en casa, con sus padres y su hermana pequeña, Asier anunció que de mayor sería conductor de excavadoras. Su padre, con una sonrisa, que Asier interpretó burlona, le preguntó si ya no quería ser basurero – durante las noches de verano, quedó hipnotizado por el camión de la basura -. El niño agachó la cabeza, fijó la mirada en el plato de sopa, y reiteró con seriedad que sería conductor de excavadoras. Su hermana, dos años menor, dijo que ella sería médico, para curar a su muñeca que se le había soltado un brazo.

A principios de noviembre llegó la primera atracción al nuevo recinto ferial. Se trataba de los coches de choque. Al salir del colegio, Asier no perdió detalle del montaje de la instalación y, poco a poco, se fue ganando la confianza de los feriantes. Una vez ésta montada y en funcionamiento, tanto las tardes después de las clases como los fines de semana, los pasaba ayudando a los feriantes a ordenar los coches sobre la pista.

De mayor sería feriante, en concreto cochero, le dijo a su madre la tarde en que la feria desapareció del pueblo hasta el año próximo. Sí, si ya se ve que no eres una lumbrera, en eso no te pareces en nada a tu hermana – espetó ella.

Llegaron las navidades,  y en el recinto ferial comenzó a crecer la carpa de un circo. No tardó Asier en concluir que esa sería su profesión de futuro, a pesar de que los trabajadores circenses no se mostraron tan hospitalarios como los feriantes. Esta vez no contó a nadie sus proyectos de futuro.

Pasó el invierno y la luz se tornó más cálida. El recinto ferial era un explanada de tierra seca y compacta. Durante ese tiempo quiso ser electricista, carpintero y pintor – y es que su madre decidió hacer unas reformas en la cocina.

Al cumplir diez años, recién estrenado el verano, su abuela le regaló una bicicleta, con la que practicó bicicrós en los bancales aplanados. Comenzó, entonces, la vertiente deportiva. Primero ciclista, luego la bicicleta dio paso al balón de futbol y, jugando al fútbol, llegó la adolescencia.

Era el último año en el colegio que emergía entre los bancales, el próximo curso tocaba cambio de ciclo y eso significaba, en principio, trasladarse al instituto. Sin embargo, y llegado el momento, su padre le dijo que si se iba al instituto sería un fracaso absoluto, y que era más seguro – para su futuro académico – internarle en un colegio de franciscanos.

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