Al dar las tres

Cuando apareció en el camino, El Flaco Rodríguez no lo sabía, pero acababan de dar las tres. El sol desparramaba toda su intensidad, con tal resentimiento, que parecía que todo estuviera en llamas. Los pies le abrasaban. Sus botas de piel de serpiente pisaban un asfalto deshecho, que albergaba en sus debilidades tierra y piedras rojizas de páramos sin horizonte que le observaban.  Podía oír el sonido del aire caliente zumbar en sus oídos. Los poros de su piel eran volcanes, su camisa blanca y sus pantalones negros —sujetos con un cinturón con una calavera como hebilla—  una segunda piel pegada a su cuerpo. Notó que ese entorno, extraño y asfixiante, había conseguido aplacar en cierta forma la angustia de su huida, y le hizo desear caer en manos de los Chatos,  que se cobrasen la venganza y que le mandasen al infierno.

De la nada, apareció ante él un anciano que descendía la pendiente, que pronunciaba el camino con vehemencia. Cuando se encontraron cara a cara, El Flaco vio en sus ojos una mirada de espera.

—¿Sabe usted a dónde lleva este camino?

—A mi casa, nada más hay.

—¿Y a cuánto queda su casa?

—A una hora. Si se llega.

—Pues será mejor que me acompañe y que lleguemos si todavía tiene apego a la vida.

El Flaco sacó una pistola que sujetaba su cinturón en los riñones. El anciano no movió ni una sola arruga de su piel curtida y seca, como si ya hubiese sudado todo lo que tenía que sudar, y dijo:

—Sea pues.

Y dio la vuelta y comenzó a ascender por el camino.

Al verle la espalda, a  El Flaco le golpeó tal estremecimiento, que se le nubló la vista y se le agarrotaron  los músculos tanto como lo hace la muerte. Sintió que la forma de caminar del anciano era la de quién sabe qué va a pasar. Le siguió a duras penas, con una respiración que era un fuelle.

—¿Cuánto queda?

—No más de media hora. Si se llega.

El Flaco notó con angustia el sentido de esas palabras, “si se llega…”. Su mente, embutida, igual le decía que era una muletilla, como que era amenaza velada. ¿Cómo iba a ser el abuelo una amenaza si era él el que llevaba el arma? La única y verdadera amenaza eran los Chatos, desde que mató, a cambio de unos billetes, al patriarca de la familia con dos balazos por la espalda, y luego le orinó encima: su firma.

—¿No hay agua hasta llegar?

—La de la orina. Si se tiene ganas.

Una manada de cuervos rompiendo el aire creyó oír El Flaco que levantó la mirada y solo vio reflejos negros sobre un cielo en llamas. Se tambaleó como un borracho y  se le abrió la mano que sujetaba la pistola, ésta cayó al suelo y resbaló pendiente abajo y desapareció de su vista. El anciano se dio la vuelta, y le miró con la misma mirada que cuando se lo encontró tres cuartos de hora antes. El Flaco Rodríguez le aguantó la mirada hasta que se le rompió como un espejo, su sangre comenzó a hervir y el anciano se difuminó.

El Flaco cayó al suelo, y girando sobre sí mismo, su cuerpo inerte fue arrastrado por la pendiente durante unos metros, hasta detenerse boca abajo y con los brazos en cruz.

El anciano bajó hasta él y se le quedó mirando durante varios minutos. Luego anduvo más abajo y buscó la pistola,  hasta encontrarla, y volvió donde el cuerpo. Se desabrochó la bragueta y se meó en la cabeza de El Flaco, que medio abrió los ojos y le preguntó al anciano con voz de muerto:

—¿Ya llegamos, patriarca?

—Sí compadre, hará la hora que nos encontramos.

Dos disparos atravesaron la espalda de El Flaco Rodríguez al dar las tres.

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