Agujeros negros

A Luís le acababan de despedir. Abandonó las oficinas y salió a la calle sin recoger nada del despacho y sin despedirse de nadie. Sabía que no iba a volver, sin embargo, no consideró importante nada de lo que dejó; ni la foto de su mujer y de su hija, ni el cepillo y la pasta de dientes, ni las cremas faciales ni la gomina, ni el lápiz de memoria con los correos porno que se intercambiaba con Nacho. “¡Ostia Nachete!, que le den, no le voy a dar el gustazo de darle yo mismo la noticia”. Lo importante no era nada de eso, lo importante era él. Le acababan de dar su primera patada en el culo después de cuarenta años de existencia, y como un boxeador noqueado, tirado en la lona mientras el público aclama a su rival, quería que la tierra se lo tragase, él que siempre pensó que la tierra le necesitaba.
Paró un taxi y por fin dio la dirección de un bloque de apartamentos
Mientras veía la vida pasar a través de la ventanilla, en su mente vio la suya. Una carrera meteórica. Bachiller, licenciatura, máster y directivo. Lo que siempre soñó. Casado a los treinta —recién estrenado su anhelado cargo en la compañía—, hija a los treinta y dos. Coche de alta gama, casa en la zona norte. Pádel dos veces por semana y cenas en casa los fines de semana con los amigotes, degustando el vino de moda y jamón de pata negra. “¿Y cómo le digo yo ahora a todos estos que…? ¿Y a mi mujer? ¿Y a mis padres?”

— ¿Estás sola? —hablaba a través del iPhone—. Estoy aquí abajo. ¿Puedo subir o no? Venga abre.
Cuando abrió la puerta del ascensor y pisó el rellano, Sandra ya le estaba esperando con la puerta abierta.
— ¡Pero a ti qué te pasa! —entraron en el apartamento.
— ¿Tienes malta?
— Claro que tengo, ya sabes dónde está — Sandra se sentó en el sofá.
— Me han despedido —dijo Luís después de dar un sorbo.
— ¿Qué?
— Que me han echado, me han puesto de patitas en la calle, me han mandado a tomar por saco. ¿Lo pillas?
Sandra tenía veinticinco años. Se dedicaba a ir al gimnasio tres o cuatro días por semana, dependiendo del trabajo que tuviera; otro día a la peluquería, donde también se ponía en manos de la esteticista; otro al masajista. Y cobraba trescientos euros por una hora de sexo. Aspiraba que alguno de sus clientes algún día la retirase, y así poder llevar el mismo nivel de vida pero trabajando sólo para uno. Con lo cual, lo primero que pensó fue que otra oportunidad se le estaba escapando, y ésta no era una oportunidad cualquiera. Luís era joven, teniendo en cuenta la media de edad de los demás, se mantenía en forma y era guapo.
— Pero te pagarán una buena indemnización, ¿no? Con tu puesto y diez años en la empresa… además, todavía eres joven, seguro que ofertas no te van a faltar, estás bien relacionado —dijo titubeante Sandra.
— A ver cómo te lo explico —Luís cogió una silla y se sentó enfrente de ella—. En primer lugar las cosas están fatal, no sé si te suena eso de la crisis, porque tengo entendido que a ti no te está afectando. En segundo lugar, los puestos de trescientos mil al año no los regalan, y en estas circunstancias menos; y en tercer lugar, en este mundo las buenas relaciones sirven para cuando estas dentro, para cuando estas sentado en la mesa y el crupier te da cartas, en ese caso, aunque te queden pocas fichas, esas buenas relaciones te pueden ayudar, pero si no estás sentado en la mesa, no te van a hacer ni puto caso, y ¿sabes por qué?, pues porque esa gente lo que más odia en el mundo es que les toquen los huevos, y un llorón es alguien que toca los huevos, ¿entiendes?
— ¿Tu mujer lo sabe? —a Sandra cada vez le costaba más modular su voz.
— Que va. He salido de la oficina y he venido directo aquí —se quedó pensativo— estará en el club de pádel, de mamoneo con sus amigas, o lijando la tarjeta. Yo que sé.
— ¿Y qué vas a hacer?
— ¿Que qué voy a hacer? Y yo que sé. Supongo que primero se lo tendré que decir a mi mujer, luego a mis padres… y a los demás (se refería a sus amigos) ya veremos, conforme vayan apareciendo, ya me inventaré algo.
— ¿Y tu hija?
— ¡De mi hija que se encargue mi mujer! — Luís se levantó y se puso a dar vueltas por el salón.
— Tranquilízate Luís. Estás empezando a asustarme.
En ese preciso instante, sonó el timbre del apartamento. Sandra dio un salto reflejo en el sofá y miró su reloj. Al tiempo, Luís levantó la cabeza y con cara de asombro preguntó:
— ¿Tienes un cliente ahora?
— Joder… no me acordaba.
— ¿¡Que no te acordabas!?
— Vienes sin avisar, me dices que te han echado y ¿quieres que me acuerde de este tío? — Sandra estaba a punto de llorar—. Vete y baja por las escalera. Te llamo luego.
Una vez en la calle, Luís, entró en el primer bar que vio. Pidió whisky con Coca-cola. Sentado en la barra y con el vaso de tubo en la mano, se quedó observando a la gente pasar. Una niña con uniforme de estudiante le recordó a su hija. María tenía ocho años. Era lista, decían las monjas del colegio, “podrá ser lo que quiera en la vida, con permiso del Santo Padre, claro”. En una pareja de jubilados vio a sus padres. Lo orgullosos que estaban de su Luisito. No escatimaron en gastos para la boda. La novia de su hijo, perteneciente a una familia con título nobiliario, pero completamente arruinada, era “una chica encantadora”. Y querían estar a la altura, e incluso superarla. De hecho, movieron todos los hilos posibles para que les casase el obispo. Y así fue.
Dio el último sorbo al combinado y pidió otro. Sacó el iPhone. Era la una. Lo tenía en modo silencio y, justo cuando empezaba a ver las llamadas y mensajes que tenía, desvió su dedo pulgar y apagó el aparato, desconectándose del mundo. Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, se bebió con dos tragos el whisky con Coca-cola, dejo veinte euros encima de la barra y salió del bar.
Caminó por las calles de la ciudad. Sentía como el corazón latía acelerado, las manos le sudaban, la boca la tenía seca; y solo deseaba desaparecer. Se sentó en el banco de un parque.
Se le acercó un mendigo. Era obeso, y arrastraba con dificultad un carro de supermercado que estaba repleto de objetos sin ningún orden. La barba larga y descuidad era blanca, al igual que el pelo de su cabeza. Sus ojos eran claros y brillantes. Era difícil deducir su edad. Se sentó en el mismo banco en el que Luís, como una estatua, permanecía desde hacía un buen rato.
— ¿No llevarás algo suelto? —Luís, impasible, no contestó—. Sí ya, entiendo. Solo llevas billetes y tarjetas —dijo mientras sacó del carro un tetrabrik de vino—. Yo en tu posición haría lo mismo. Las monedas lo único que hacen es molestar. Se las has dejado de propina a la camarera este mediodía ¿no? Bien hecho, buena forma de quitarse un peso de encima. Yo hago lo mismo con el vino. Ahora mismo no tengo un céntimo, y no sé si pillaré algo antes de que anochezca, pero me bebo igual el último brik que me queda, así quito peso del carro, que cada vez me cuesta más llevarlo a cuestas. Aquí en la calle se vive al día, no puedes planear nada. Tienes que estar pendiente siempre de si va a llover o no, de si te van a robar, de si te van a dar una paliza, en fin… que si tengo vino y sed pues me lo bebo, aunque no lleves nada suelto —dijo mirando a Luís con picardía. Éste permanecía impertérrito—. Yo no es que sea un vicioso ¿eh? El problema es que tengo unos dolores en las articulaciones insoportables, y la mejor medicina de todas las que he probado es esta —y levantó el tetrabrik con una mano—. Y es que todos tenemos algún agujero que tapar. Agujeros negros, sí eso es… agujeros negros. Y esos nunca los tapas, y como nunca los tapas pues sigues echando tierra. Y esa mentira, que te hace daño, es la que te alivia. Y esa mentira es la esperanza. Así es amigo.., esa mentira es la esperanza.
Luís se levantó, cruzó el parque y se detuvo justo al borde de la calzada. En la avenida el tráfico era fluido. Todos los semáforos estaban en verde y los vehículos circulaban a gran velocidad. Cuando un autobús urbano llegó a su altura, Luís se abalanzó sobre él.

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Un niño es un catálogo de profesiones

A las afueras del pueblo, como una isla en un mar de bancales, se encontraba el colegio de primaria. Al terminar las clases, algunos niños demoraban la vuelta a casa. Cargados con sus mochilas, se dedicaban a lo que más les importaba. Se les podía ver robando albaricoques, o construyendo cabañas con palés sobre las ramas de  los olivos, o afilando y lijando cañas secas que convertían en lanzas – con las que se defendían del ataque de sus antagonistas, que ellos mismos designaban -. Cuando llegaban a casa, ya llevaban varias vidas vividas.

Una mañana de finales de septiembre, recién comenzado el curso, mientras estaban en clase, aparecieron las primeras excavadoras. Los niños, ignorando a la profesora, se abalanzaron sobre las ventanas. Uno sugirió que se trataba de una invasión de enormes insectos de hierro. Otro matizó que sí, eran insectos, pero con boca de tiburón. Alguien que después de las clases cruzaba los bancales sin detenerse hasta llegar a casa, informó que solo eran excavadoras, y que servían para hacer agujeros en la tierra. Asier, que con cuatro amigos, tenían una cabaña a medio hacer en un lugar recóndito, se le quedó mirando con los ojos bien abiertos y chispeantes.

La profesora consiguió que los niños volviesen a sus pupitres. Les dijo que las excavadoras estaban allí para habilitar algunos bancales, de forma que los feriantes pudiesen instalar sus atracciones. La feria, a partir de ese año, durante el mes de noviembre, iba a instalarse junto al colegio. Una catarata de gritos y risas histriónicas inundó el aula.

Al terminar las clases, Asier no acompañó a sus cuatro amigos a terminar la cabaña. Se dirigió a ver cómo trabajaban aquellas máquinas, y comprobó que cada una de ellas, era dirigida, desde una pequeña cabina, por un operario. Esa noche, mientras cenaba en casa, con sus padres y su hermana pequeña, Asier anunció que de mayor sería conductor de excavadoras. Su padre, con una sonrisa, que Asier interpretó burlona, le preguntó si ya no quería ser basurero – durante las noches de verano, quedó hipnotizado por el camión de la basura -. El niño agachó la cabeza, fijó la mirada en el plato de sopa, y reiteró con seriedad que sería conductor de excavadoras. Su hermana, dos años menor, dijo que ella sería médico, para curar a su muñeca que se le había soltado un brazo.

A principios de noviembre llegó la primera atracción al nuevo recinto ferial. Se trataba de los coches de choque. Al salir del colegio, Asier no perdió detalle del montaje de la instalación y, poco a poco, se fue ganando la confianza de los feriantes. Una vez ésta montada y en funcionamiento, tanto las tardes después de las clases como los fines de semana, los pasaba ayudando a los feriantes a ordenar los coches sobre la pista.

De mayor sería feriante, en concreto cochero, le dijo a su madre la tarde en que la feria desapareció del pueblo hasta el año próximo. Sí, si ya se ve que no eres una lumbrera, en eso no te pareces en nada a tu hermana – espetó ella.

Llegaron las navidades,  y en el recinto ferial comenzó a crecer la carpa de un circo. No tardó Asier en concluir que esa sería su profesión de futuro, a pesar de que los trabajadores circenses no se mostraron tan hospitalarios como los feriantes. Esta vez no contó a nadie sus proyectos de futuro.

Pasó el invierno y la luz se tornó más cálida. El recinto ferial era un explanada de tierra seca y compacta. Durante ese tiempo quiso ser electricista, carpintero y pintor – y es que su madre decidió hacer unas reformas en la cocina.

Al cumplir diez años, recién estrenado el verano, su abuela le regaló una bicicleta, con la que practicó bicicrós en los bancales aplanados. Comenzó, entonces, la vertiente deportiva. Primero ciclista, luego la bicicleta dio paso al balón de futbol y, jugando al fútbol, llegó la adolescencia.

Era el último año en el colegio que emergía entre los bancales, el próximo curso tocaba cambio de ciclo y eso significaba, en principio, trasladarse al instituto. Sin embargo, y llegado el momento, su padre le dijo que si se iba al instituto sería un fracaso absoluto, y que era más seguro – para su futuro académico – internarle en un colegio de franciscanos.

Al dar las tres

Cuando apareció en el camino, El Flaco Rodríguez no lo sabía, pero acababan de dar las tres. El sol desparramaba toda su intensidad, con tal resentimiento, que parecía que todo estuviera en llamas. Los pies le abrasaban. Sus botas de piel de serpiente pisaban un asfalto deshecho, que albergaba en sus debilidades tierra y piedras rojizas de páramos sin horizonte que le observaban.  Podía oír el sonido del aire caliente zumbar en sus oídos. Los poros de su piel eran volcanes, su camisa blanca y sus pantalones negros —sujetos con un cinturón con una calavera como hebilla—  una segunda piel pegada a su cuerpo. Notó que ese entorno, extraño y asfixiante, había conseguido aplacar en cierta forma la angustia de su huida, y le hizo desear caer en manos de los Chatos,  que se cobrasen la venganza y que le mandasen al infierno.

De la nada, apareció ante él un anciano que descendía la pendiente, que pronunciaba el camino con vehemencia. Cuando se encontraron cara a cara, El Flaco vio en sus ojos una mirada de espera.

—¿Sabe usted a dónde lleva este camino?

—A mi casa, nada más hay.

—¿Y a cuánto queda su casa?

—A una hora. Si se llega.

—Pues será mejor que me acompañe y que lleguemos si todavía tiene apego a la vida.

El Flaco sacó una pistola que sujetaba su cinturón en los riñones. El anciano no movió ni una sola arruga de su piel curtida y seca, como si ya hubiese sudado todo lo que tenía que sudar, y dijo:

—Sea pues.

Y dio la vuelta y comenzó a ascender por el camino.

Al verle la espalda, a  El Flaco le golpeó tal estremecimiento, que se le nubló la vista y se le agarrotaron  los músculos tanto como lo hace la muerte. Sintió que la forma de caminar del anciano era la de quién sabe qué va a pasar. Le siguió a duras penas, con una respiración que era un fuelle.

—¿Cuánto queda?

—No más de media hora. Si se llega.

El Flaco notó con angustia el sentido de esas palabras, “si se llega…”. Su mente, embutida, igual le decía que era una muletilla, como que era amenaza velada. ¿Cómo iba a ser el abuelo una amenaza si era él el que llevaba el arma? La única y verdadera amenaza eran los Chatos, desde que mató, a cambio de unos billetes, al patriarca de la familia con dos balazos por la espalda, y luego le orinó encima: su firma.

—¿No hay agua hasta llegar?

—La de la orina. Si se tiene ganas.

Una manada de cuervos rompiendo el aire creyó oír El Flaco que levantó la mirada y solo vio reflejos negros sobre un cielo en llamas. Se tambaleó como un borracho y  se le abrió la mano que sujetaba la pistola, ésta cayó al suelo y resbaló pendiente abajo y desapareció de su vista. El anciano se dio la vuelta, y le miró con la misma mirada que cuando se lo encontró tres cuartos de hora antes. El Flaco Rodríguez le aguantó la mirada hasta que se le rompió como un espejo, su sangre comenzó a hervir y el anciano se difuminó.

El Flaco cayó al suelo, y girando sobre sí mismo, su cuerpo inerte fue arrastrado por la pendiente durante unos metros, hasta detenerse boca abajo y con los brazos en cruz.

El anciano bajó hasta él y se le quedó mirando durante varios minutos. Luego anduvo más abajo y buscó la pistola,  hasta encontrarla, y volvió donde el cuerpo. Se desabrochó la bragueta y se meó en la cabeza de El Flaco, que medio abrió los ojos y le preguntó al anciano con voz de muerto:

—¿Ya llegamos, patriarca?

—Sí compadre, hará la hora que nos encontramos.

Dos disparos atravesaron la espalda de El Flaco Rodríguez al dar las tres.