La inundación

Recuerdo haber sobrevivido a la última inundación  resguardándome bajo un antojo. Aquel día, cuando comenzó la tormenta, me entraron ganas de comerme un Cornetto de nata, así que entré en un quiosco. El sitio estaba oscuro. Los seres que allí vivían se bastaban con la luz que filtraban unos cristales ricos en polvo y demás partículas. En realidad, todo el espacio era rico en moléculas silvestres. Me sentí como pez en la pecera. Salió de la trastienda un hombre que no debía sobrepasar el metro sesenta de estatura. Vestido con una sudadera roja y un bañador verde con motivos florales.  El pelo lo tenía embadurnado de gomina natural. La barba, corta pero presencial, le hacía parecerse a Yucatán Epsicón en “La sombra del diamante”.

Mientras tanto, afuera, la lluvia iba in crescendo. Los rayos y truenos comenzaron a estremecer a los más débiles de espíritu y, las alcantarillas, a vomitar todo lo que tragaban.

_ Un Cornetto de nata, por favor – le pedí al falso Yucatán.

_ Con la que está cayendo.

En ese momento vi, a través de los cristales, a una mujer a bordo de una barca. La pequeña embarcación era una zódiac hinchable. Ciego hubiera estado si no reconociese la maestría con que la mujer manejaba aquel batel. El falso Yucatán se puso a mi lado y, con la vista clavada en la mujer de la zódiac, me dio el Corneto y dijo:

_ Esto se está poniendo feo.

Yo no dije nada, no por nada, más bien porque no se me ocurrió qué decir.

Permanecimos de pie, juntos, yo con el helado en la mano, él con los brazos caídos, en posición natural; absortos, hechizados por la pericia y diligencia en el manejo de los remos, que la mujer de la zódiac hacía gala. Sorteaba toda suerte de olas, ora una grande, ora una pequeña; ora esquivaba un rayo, ora un árbol, ora un coche que arrastraba la corriente, ora un niño que parecía que se estaba ahogando. Miré al falso Yucatán y estaba boquiabierto. Yo seguí comiéndome el cucurucho y dije con la boca llena:

_ Qué mujer.

_ Es la más grande que he visto jamás – sentenció el falso Yucatán sin mover un músculo.

Mientras tanto el agua ya había entrado en el quiosco y cubría nuestros pies. En realidad, casi alcanzaba las rodillas.

_ Voy a quitar la luz y así no nos electrocutaremos – me sorprendió el verbo fácil del falso Yucatán. Estuve pensando en la última palabra que pronunció, contando las letras,  intentando reproducirla silenciosamente.

Volvió con un bocadillo de chorizo entre las manos. Me preguntó si quería. Pensé que si le decía que no, se podría sentir ofendido, así que le di un buen mordisco. Él le dio otro al instante.

De repente entró bruscamente y algo nervioso un señor que exclamó de forma histérica:

_ ¡El agua se está llevando mi coche, ayúdenme, hay que avisar inmediatamente a la autoridad competente!

Entonces la ira se apoderó de mí y grité. El falso Yucatán tiró el bocadillo y se abalanzó sobre él. Yo dudé, ya que en ese momento la mujer de la zódiac estaba sorteando una farola, sin embargo, la ira que albergaba mi corazón pudo con el deseo de contemplar la perfección. Di el último bocado al Cornetto y salté encima de los dos. Los tres  caímos y nos hundimos en el agua, que ya era un mar en el quiosco. Lo que pasó a continuación, mi conciencia no lo sabe. El caso, es que solo el falso Yucatán y yo emergimos.

_ Está muerto.

_ Sí, está muerto.

En ese momento dejó de llover. El agua  nos cubría hasta el cuello, y se podían ver cajas de chucherías flotando, como antiguos galeones cargados de oro.

Oímos una voz procedente del exterior, nos giramos y, a través del cristal, vimos la zódiac flotar a la altura de nuestras cabezas. Deducimos que era la mujer quién  pronunció esas palabras que en un principio no entendimos.

_ Digo, que si necesitáis ayuda – gritó.

Nos miramos y al unísono respondimos:

_ ¡Nooo! – sin saber muy bien por qué.

Entonces vimos la zódiac alejarse, esta vez sin estridencias. Las aguas eran más mansas que hace apenas unos minutos, el cielo ya no rugía. Fue la última vez que supimos de la existencia de la zódiac y de su excepcional tripulante.

Poco a poco el nivel del agua fue bajando. El falso Yucatán llamó por teléfono a la autoridad competente para avisar de la muerte del hombre histérico, que cuando las aguas volvieron a su cauce pudimos ver en el suelo.

Tiempo después los periódicos se hicieron eco de la muerte del hombre histérico. Al parecer fue la única víctima de la inundación. El niño que parecía que se ahogaba, no fue más que una alucinación.

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Calidoscopio

Y dio otro bocado.

_  Recuerdas cuando bailábamos ignorando el tiempo.

_  Era el brillo del diamante robado.

_ No supimos comprender los límites.

_ Porque no habían, ese era el juego.

_ Un juego sin límites, ni tiempo, ni espacio.

_ Astronautas a la deriva, ya lo escribió Bradbury.

_ Sí, hemos cruzado la atmósfera.  Nos hemos desintegrado.

Se acercó un desconocido a la mesa: ¿me firmáis el libro?

Era la novela que escribieron juntos, hace más de veinte años.

_ No. Estamos comiendo.

_ Éste debe ser el que nos confundió con una estrella fugaz.

_ Creo que no se confundió.

El hielo es un fósil con fecha de caducidad.

El Sueño del Agua

Todavía con los pies sobre la nieve, clavo en el hielo el piolet que,  con determinación, agarra mi mano derecha.  Sólo necesito unas décimas de segundo para cerciorarme de que la hoja ha entrado lo suficiente en el consistente hielo con lo que paso a clavar el piolet de mi mano izquierda. Es cuestión de oído. Soy un músico afinando su instrumento de cuerda. No necesito largos razonamientos para saber que la tercera cuerda al aire suena a Sol. Simplemente lo sé, los piolets han agarrado bien. Sin tiempo a que mi corazón componga una tríada de latidos imito la maniobra con los pies, esta vez clavando los crampones a patadas, mientras mis ojos se encargan de orientar y a la par que,  una vez más, mis oídos se atarean en juzgar. Todo  va bien. Las notas que componen la partitura, al interpretarlas en su justa precisión, van armonizando la melodía que acompaña a esta danza de cristal. Nada más existe.

Mientras mi respiración se une a este concierto que la naturaleza me permite interpretar en una de sus lágrimas congeladas, sigo escalando sin ver más allá de lo que alcanzan mis piolets y mis crampones. Durante esos instantes pienso que un ciego con buen oído podría escalar cascadas de hielo.

Cuando llego a la reunión en la que mi compañero ha estado asegurándome, éste me pregunta: ¿qué tal? Mi respuesta, un escueto “bien”, ha sido un paso en falso en mi vuelta a la realidad. No tardo en asegurar el siguiente paso con un “muy bien”, que me asegura que mi cabo de anclaje está bien chapado a la reunión y que la música ahora le toca escucharla a él, mientras yo, debo permanecer en este pedazo de empirismos, donde la razón toma el timón de cualquier decisión, para velar por la seguridad del que ahora va a interpretar su propia partitura.

Hace un hermoso día. El sol pinta las laderas que tenemos a nuestras espaldas. Apenas sopla viento, la temperatura permite trabajar en la reunión sin guantes.

Casi en paralelo a nuestra reunión, un francés, al igual que yo, asegura al primero de la cordada mientras silba una melodía . Nos miramos y sonreímos. En ese momento siento que la vida cobra su mayor sentido. Que he visto el brillo que desprende la felicidad en esa mirada. Que la frontera entre lo real y lo irreal, entre la vida y la nada, se difumina ante el rotundo poder de la pureza, de la verdad.

Viernes

Me he despertado a las cinco de la mañana. Apenas he dormido cuatro horas de sueño traqueteado,  como un motor que intenta arrancar en una noche helada. He tomado un café y me he sentado a escribir. Nada coherente. Frases desvencijadas. Eslabones perdidos que no se encuentran. Granos de arroz en la puerta de una iglesia.

Busco inspiración: leo.

Va amaneciendo.

Saco al perro.

La plaza vacía y algún coche cortejándola.  El chucho marca y rastrea. Alguien al que le quedó corto el sueño la cruza como si caminase sobre las aguas.

Yo tampoco sé qué me deparará el día.

Independencia

Papá solía morirse dos veces al día, a las siete de la mañana y  a las diez de la noche. Siempre lo hacía en el mismo escenario: el vestíbulo de la casa. Cuando le ponían la correa caía al suelo;  el cuerpo rígido,  las patas estiradas y tiesas. Tenían que sacarle en brazos.

Ahora yo vivo en el jardín, y hago mis necesidades cuándo y dónde quiero.

El poder de la palabra

Victor Klemperer, filólogo alemán de origen judío y casado con una mujer alemana “aria”, durante la guerra vivió en una “casa de judíos” y trabajó en fábricas alemanas auspiciadas por el  Tercer Reich. Durante ese tiempo, realizó un trabajo de campo sobre el uso y manipulación de las palabras, y sus significados,  por parte de los nazis.

Extracto del libro de Victor Klemperer, LTI, Lingua Tretii Imperii (2001 [1947]).

El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente. […] Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Si alguien dice una y otra vez “fanático” en vez de “heroico” y “virtuoso”, creerá finalmente que, en efecto, un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe. Las palabras “fanático” y “fanatismo” no fueron inventadas por el Tercer Reich; éste solo modificó su valor y las utilizaba más en un solo día que otras épocas en varios años. (Klemperer, 2001: 31-32)

Veo tus huesos de tan delgado, en blanco y negro. Tus ojos hundidos son ciertos. El pelo  de ceniza te molesta y no lo apartas, dejas que juegue contigo, como lo han hecho el tiempo y los sueños, que ya solo son estelas en tu cara.