Lupe

Lupe está muerta. Y lo primero que hace cuando entra en su taller de alfarería, a la hora en que el alba es un fuego lejano que se deja entrever sobre la Alpujarra granadina, es encender el horno, ya que siempre deja, la noche anterior, alguna pieza en estado de cuero, es decir, al aire, para que se seque y endurezca antes que el calor del fogón la dote de resistencia y sonoridad. Lupe es sordomuda, así que, la sonoridad la comprueba a través de las vibraciones que siente cuando golpea la vasija con un diapasón, como si estuviese comprobando la afinación de un instrumento recién construido, y es que, desde muy temprana edad, Lupe aprendió que con sus manos podía oír sonidos, comunicarse, y lo más importante para ella, aprendió que con sus manos podía crear.

Lupe tiene sonrisa de seda; sus ojos, propios de un Husky siberiano, son del azul del hielo. De allí parece que provenga su belleza silenciosa, de las llanuras heladas donde la frontera entre la vida y la nada se difumina hasta tal punto que hace emerger la verdad desnuda y escarchada. Y así es ella, pura verdad.

No le gusta el comerció con dinero, Lupe no entiende de dinero, se hace la sordomuda para esas cosas; de hecho, las vasijas, en su mayoría, se las vende una amiga que tiene una tienda de artesanía a la gente de terraza y guía turística; otras las utiliza como trueque de fruta, verdura o aceite, con los agricultores de la zona —que compiten entre ellos, como niños, a ver quién tiene el botijo más original de la Lupe—, otras las regala, y alguna pieza que por cualquier motivo considera especial, la guarda en el taller.

Una vez ha introducido las piezas en el horno, prepara la arcilla o el barro. Lo hace con andares de alquimista, de forma meticulosa y trascendental. El barro que más le gusta es el de tierra sigilata, el preferido de los romanos —me escribió una vez en su inseparable libreta—. A continuación se sienta en el torno y se olvida del tiempo, o lo ignora, o no le importa que pase o que exista, para ella en ese momento nada más existe, y modela con sus manos sucias, piezas tan únicas que no necesitan nombre ni apellidos.

Lupe tiene treinta y ocho años, y la vida, para ella, ya es solo una estela cada vez más difusa. Le pincho morfina cuatro o cinco o nueve veces al día, y me escribe, sonriendo, que es la yonki más yonki que jamás conoceré, y yo me trago las lágrimas y mi estómago se convierte en una maroma liada, entonces la cojo en brazos y la bajo al taller, donde con sus ojos azules se despide de todo, porque se va a meter en la cama y no se va a volver a levantar.

El taller es la planta baja de nuestra vivienda, ello me permite ser testigo de esa rutina a diario. Y todo sigue igual, todo en su sitio, ignorando el tiempo; tiempo que no ha conseguido que hable de ella en pasado. Tiempo que no ha logrado pervertir la memoria a la que nos aferramos todos los que la conocemos aunque tengamos yagas en las manos y óxido en las uñas; y es que a Lupe le gusta escribir: “nunca he aprendido nada de nadie con las uñas limpias”, lo ha leído en algún libro y lo escribe en su libreta y se lo enseña a todo el mundo, a la gente que la quiere y que forma parte de su universo de verdad escarchada del azul del hielo.

A veces subo a Sierra Nevada y busco entre el hielo ese azul, y cuando lo veo cojo un trozo y lo aprieto con la mano hasta que se convierte en agua y se me escapa entre los dedos helados que me duelen.

El domador de osos

Me llamo Vasile Antonescu y soy domador de osos. Vivo en Brasov, una ciudad a pocos kilómetros de Bucarest, desde La Revolución de 1989. Hasta entonces yo era funcionario en la capital, pero con la caída de Ceauşescu, muchos de los que trabajábamos para el estado también caímos, no por cómplices ni nada por el estilo -por aquel entonces casi todo el mundo era funcionario, ya que prácticamente todo lo controlaba el gobierno-, si no porque gran parte de la burocracia desapareció. Así que, una vez sin trabajo, y con Bucarest patas arriba, decidí marcharme a buscarme la vida a otra parte; me presenté en la estación de autobuses, cogí el primero que salió, y aquí llegué a parar.
Al principio no tenía un ban en el bolsillo, y cuando conseguía engañar a algún lugareño -diciéndole que yo era una víctima de La Revolución, que luché en primera línea contra las fuerzas de Ceauşescu, que ahora no tenía nada-, y le sacaba algunos banis, rápidamente buscaba la taberna más cercana y me lo gastaba en vodka. Y es que de alguna manera había que combatir el frío que era capaz de agarrotar los músculos tanto como lo hace la muerte. También, por ello, y porque no tenía ningún sitio donde alojarme, ni nada que comer, me pasaba todo el día vagabundeando. Bien es cierto que el dinero, como he dicho, solo lo invertía en esa santa bebida que Dios puso en la tierra para sobrellevar nuestra culpa. Soy el primero en reconocerlo, así que no espero comprensión por parte de nadie.
Así fue como me encontré cara a cara por primera vez con un oso, vagabundeando. En concreto en un barrio periférico de la ciudad llamado Racadau. Me acababan de echar a patadas de una taberna por no poder pagar el último vaso de vodka, el estomago lo tenía completamente vacío, en todo el día no había conseguido engañar a ninguna de esas entrañables ancianas que vestidas de negro y con sus pañuelos en la cabeza caminan encorvadas como escondiéndose del pecado, por lo que no me quedó más remedio que rebuscar en el contenedor que había en la puerta de atrás de un restaurante. Se llamaba Taberna de Sinaia.
La puerta trasera del restaurante daba a un descampado, y no mucho más allá, comenzaba el bosque que rodeaba a la ciudad. Estaba completamente oscuro, solo la luz de la luna me permitió distinguir el contenedor. Esperé alrededor de una hora a que cerrase el restaurante y tirasen las sobras. Cuando el frío ya había evaporado el vodka que había conseguido beber aquella tarde, e incapaz de controlar los temblores de la boca, se abrió la puerta y salió un hombre que pude ver perfectamente porque le iluminaba, como un foco, la luz que salía del interior; iba vestido con varios delantales de cocina, unos encima de otros, amarrados alrededor de su panza. Apenas se le podían ver los ojos, las mejillas eran dos bolas de billar rojas, y el espeso bigote le tapaba parte de la nariz. Me vio y dijo:
_Toda esta comida es para Dimitrie, así que ten cuidado no se vaya a enfadar.
Miré a mi alrededor y no vi a nadie, es más, llevaba más de una hora allí y sabía que estaba solo.
_¿Cómo que Dimitrie? ¿Qué Dimitrie? -pregunté a duras penas, ya que la mandíbula no dejaba de moverse a su antojo.
_Tú espera un rato y lo conocerás, no te preocupes. Él mismo se presentará -hablaba gritando. Volvió a entrar y cerró de un portazo.
Pensé que Dimitrie sería otro vagabundo que solía ir por allí a hacer lo mismo que yo, así que abrí la tapa del contenedor y me encaramé a él. Empecé a sacar bolsas. Entonces oí unos pasos detrás de mí. No dudé que se trataba del famoso Dimitrie, pero como vi que había comida de sobra no me preocupé demasiado -seguro que no le importa compartir con un colega. Cuando sentí la presencia cerca de mí, me di la vuelta y vi el oso. Grité e intente huir corriendo hacia atrás, choqué con el contenedor y caí al suelo. Para mi asombro el oso no me atacó, se quedó inmóvil, mirándome con una tranquilidad pasmosa. Era como si me estuviese diciendo: “cuidado no te vayas a matar”. A rastras me separé del contenedor y de las bolsas de basura. Entonces el oso se acercó y comenzó a destrozarlas, mientras yo, incapaz de darle la espalda, me quedé allí mirando como acababa con toda la comida. Cuando terminó, lentamente desapareció por el bosque.
Al día siguiente volví al mismo lugar, no sé si por curiosidad o por hambre, o por ambas cosas a la vez. Esta vez, cuando apareció el hombre de los delantales, echó las bolsas al contenedor y me preguntó si ya conocía a Dimitrie. El oso ¿no? -dije yo. Me dijo, que si no le molestaba mientras comía no me atacaría. Que llevaba tanto tiempo bajando de las montañas a por las sobras que casi era uno más de la familia, y que por eso le tuvieron que bautizar. Y que le pusieron Dimitrie en honor al difunto padre de su mujer Viorica.
_Qué pasa, que no tienes donde caerte muerto ¿verdad, muchacho? -me dijo a gritos. Le dije que en verdad así era, y le conté la historia de La Revolución y todo eso-. Sí ya, siempre la misma cantinela, que si yo luché para derrocar al tirano… ya me sé de sobra esa canción -e hizo un amago de entrar en el restaurante -. Ah, como veo que te llevas bien con Dimitrie, si quieres comida y techo, necesito un ayudante en la cocina. Mañana abrimos a las diez -entró y cerró la puerta.

Vladimir Petrescu era el dueño del restaurante, desde que el padre de Viorica Petrescu, se lo cediese como herencia para que a su hija y a su nieta no les faltara de nada. La hija de ambos, Nicoleta Petrescu, también trabajaba en la Taberna de Sinaia. Ellas dos se encargaban de las mesas, mientras que Vladimir lo hacía de la cocina. Mi función, efectivamente, era la de ayudar en la cocina. Fregar, cortar cebollas y patatas y, sobre todo, limpiar al final de la jornada y echar la basura al contenedor. A cambio tenía derecho a quedarme a dormir allí mismo en un colchón que había tirado en el almacén, y a dos comidas diarias. No me podía quejar, teniendo en cuenta que era fácil hacer desaparecer alguna botella de licor que me acompañaba por las noches, y que durante el día a Vladimir le gustaba compartir algún trago que otro.
Una noche acabamos tarde. A mí todavía me quedaba sacar la basura al contenedor, y la familia Petrescu ya se habían marchado. Abrí la puerta de atrás y vi al oso. Juraría que se alegró al verme. Igual que si fuese un perro, todavía no había echado las bolsas al contenedor cuando se acerco y comenzó a olisquearme. Las dejé en el suelo y rápidamente les hincó el diente. Al minuto estaban destrozadas y toda la basura desparramada por el suelo. Sólo se comió las sobras de comida, ni un envase de cartón, ni siquiera una servilleta de papel. Desde ese día, cuando los Petrescu se marchaban, cogía la botella de Pálek -un licor de hierbas de la zona-, las bolsas, y me sentaba afuera mientras Dimitrie comía su ración diaria. Acabé hablándole y contándole mis problemas del día, lo desconcertado que estaba por el ambiente que se respiraba en el restaurante; y yo diría que hasta me entendía, ya que cuando terminaba y antes de irse, me echaba una mirada como diciéndome: “no sabes dónde te has metido”.
Y es que pronto comencé a darme cuenta de los ojitos que me ponía Nicoleta cuando entraba a la cocina a por algún pedido, del cambio de actitud de Vladimir, llegando a darme una noche libre por semana y algunos banis para que me los gastase en algún antro del barrio, e incluso Viorica, me trajo una manta más para que no pasase frío.
Una tarde, que era cuando el restaurante estaba más tranquilo, Vladimir me dijo que quería hablar conmigo, cogió una botella de vodka ruso, el mejor que tenía, y me hizo pasar al almacén. Justo detrás nuestro entró Viorica con dos sillas para que nos sentásemos y me miró con una sonrisa que me asustó. Vladimir sirvió dos vasos, me dio uno a mí, me miró fijamente a los ojos, brindamos, y me dijo:
_Bueno Vasile Antonescu -era la primera vez que me llamaba por mi nombre-, queremos que te cases con mi hija Nicoleta. Está embarazada, y el cabrón que la ha dejado preñada ha desaparecido. No voy a permitir que Nicoleta tenga el hijo o la hija o lo que sea sin estar casada y que entre la deshonra en nuestra familia. Y ¿quién mejor que tú? Te he visto de cerca, y eres un joven trabajador, bien es verdad que te gusta el agua de fuego, pero a mí también, y eso no nos impide que seamos buenos maridos ni que descuidemos nuestro trabajo, ¿verdad?

Ese fue mi último día en la Taberna de Sinaia. Le hice ver a Vasile que veía la propuesta con buenos ojos, que algo tan importante necesitaba un tiempo de reflexión, y que al día siguiente se lo confirmaría. Esa noche, cuando la familia Petrescu se marchó, recogí mis cosas, a las que añadí un par de botellas de vodka, y saqué la basura por última vez, con la intención de despedirme de Dimtrie. El oso no faltó a la cita. Mientras él comía me senté, abrí una botella, y entre trago y trago, le conté lo sucedido.
Tú la has visto y sabes lo fea que es – le decía-, huele a carne de pollo podrida, no habla, solo hace que reír como una urraca. Prefiero volver a la calle que dormir en la misma cama con ella, y encima con un hijo, ni loco, vamos -Dimitrie, de vez en cuando, dejaba de comer y me miraba-. Lo peor es que no te voy a volver a ver, y eso me duele. Creo que eres la primera persona, bueno no, el primer… ¡coño, da igual!, que me escucha.
Esta vez, cuando acabó de comer, no desapareció por el bosque. Se dejo caer al suelo. Me quedé tan sorprendido que enmudecí. Era la primera vez que le veía actuar de esa manera, y durante un buen rato estuve sin capacidad de reacción. Al cabo de un tiempo, sin decir nada, me levanté lentamente. Entonces él también se puso de patas. Me volví a sentar. Y él se echó al suelo. Me levanté, de nuevo, y Dimitrie hizo lo mismo. Caminé unos pasos, y me siguió. Me detuve, y paró. Me puse en cuclillas, y no hizo nada. Pero al incorporarme, él también se incorporó y se puso a dos patas. Hubiese podido pensar que me iba a atacar, pero dado cómo se habían desarrollado las cosas, era evidente que me estaba imitando. No sabía qué hacer para que volviese a ponerse a cuatro patas, así que se me ocurrió dar una palmada, y Dimitrie se dejó caer hacia delante y recupero su posición natural. Saqué la botella de vodka y di un trago, que en ese momento, pensé que era el más largo que había tomado nunca, me ardió hasta el bajo vientre. Él no hizo nada, solo me miró.
Así fue como descubrí mis dotes de domador de osos. Esa noche acabé borracho perdido, durmiendo cerca del bosque y con Dimitrie a mi lado dándome calor. Al día siguiente comprobé que lo de la noche pasada no fue consecuencia del alcohol. Dimitrie siguió imitándome. Solo hacía falta comprobar si era capaz de hacerlo en las calles de la ciudad delante de otras personas.
Abandonamos el barrio de Racadau, para evitar encontrarnos con la familia Petrescu y, rodeando la ciudad por el bosque, nos adentramos en ésta por Noau, otro barrio limítrofe. Durante el camino vi una antigua cabaña de pastor, abandonada y prácticamente en ruinas. Era evidente que los osos habían hecho buena cuenta del ganado, y quién sabe si del pastor también. Con algún retoque será buen sitio para pasar las noches, pensé.
Una vez en las calles de Noau, cuando nos encontramos con el primer viandante, y antes de que éste se percatase de la presencia de Dimitrie, le di las órdenes, y Dimitrie no falló. Hizo lo mismo que la noche anterior, echarse en el suelo, levantarse, ponerse a dos patas, incluso improvisé y conseguí que diese vueltas sobre sí mismo. Poco a poco se iba congregando más gente alrededor de nosotros, eso sí, en un principio, a una distancia más que prudente, y luego, y alentados por mi verborrea, fueron cogiendo confianza y se acercaron un poco más. Repetimos el número una vez más, desde el principio, y al terminar, pasé una bolsa de plástico entre el público. Recogimos poco dinero, pero lo suficiente como para pensar que si ensayábamos más, y se corría la voz por la ciudad, vendrían de todos los barrios a vernos, y las cosas serían bien distintas.
Terminado el espectáculo volvimos a la cabaña a celebrarlo. Todavía me quedaba una botella de vodka de las dos que me llevé del restaurante. Dimitrie nada más llegar se echó al suelo, creí ver en su cara que estaba cansado. Yo al poco rato ya estaba borracho, sentado y cantando viejas canciones de amor. Cuando se nos echó la noche encima, el alcohol me sumergió en un profundo sueño. Me despertaron las primeras luces del día, que se colaban sin piedad en la cabaña. Abrí los ojos y no vi a Dimitrie. Salí fuera y tampoco estaba. Le llamé a gritos. Bajé a la ciudad a buscarle. Me adentré en el bosque. Volví hasta el restaurante de los Petrescu. Nada. Ni un solo rastro de Dimitrie.
Agotado, al final del día busqué en Noau una taberna, todavía llevaba en los bolsillos los banis que recaudamos en la actuación. Bebiendo, llegué a la conclusión de que Dimitrie, cuando cayó la noche y me dormí , hambriento y cansado de todo el día se marchó en busca de comida. Teniendo en cuenta que el barrio era nuevo para los dos, lo más probable es que no supiese volver a la cabaña y se adentrase en el bosque sin encontrarla.

Ahora vivo en una fábrica abandonada donde con unas cajas de cartón me he construido un pequeño zulo en el que paso las noches, cerca del barrio de Noau, a donde sigo yendo a pedir limosna. De vez en cuando vuelvo a la cabaña con la falsa esperanza de encontrarme con Dimitrie, o a la Taberna de Sinaia, que ya cerró después de que Vladimir destripase a alguien con un cuchillo de cocina por hacer referencia al embarazo y la soltería de Nicoleta. Se dijo que Viorica y Nicoleta se fueron a un pueblo perdido en las montañas donde tenían algún familiar.
Como de la caridad de alguna anciana, a las que ya no intento engañar, porque ya no engaño a nadie. Suelen darme algún mendrugo o un trozo de queso florido.
Por las noches, sueño que ensayamos sorprendentes números que luego representamos por toda la ciudad con gran éxito. Sueño que la voz se corre y el dueño de un circo nos hace una suculenta oferta para trabajar en su carpa, y que en el cartel se anuncia con letras grandes y llamativas: “Vasile Antonescu, el domador de osos”.

Una tarde de otoño

I
Antonio Pérez trabaja vendiendo tickets en la estación de trenes del pueblo. Nunca mira la cara de los que se acercan a su ventanilla, clava los ojos en el mostrador y de forma automática recoge el dinero y entrega el ticket mientras su mirada solo alcanza las manos del viajero. Cuando termina la jornada y regresa a casa lo primero que hace es lavarse las manos, hecho en el cual invierte diez minutos, a continuación se prepara la cena y se sienta en la masa camilla del salón, donde come mientras ve la tercera edición del telediario. Nunca coge el teléfono ni abre la puerta a nadie, el tiempo le ha demostrado que por teléfono solo quieren venderle algún producto y que el de la puerta siempre es el cartero.
Los días festivos los suele emplear haciendo puzles, que luego enmarca y cuelga en diferentes estancias de su casa según la temática de la imagen. En el salón están los paisajes, en el dormitorio edificios emblemáticos, en el pasillo los bodegones, y en la habitación donde los arma se pueden ver navíos y aviones de otro tiempo.
Una vez al mes, Antonio, acude a un centro de estética donde le hacen la manicura. Solo permite a una esteticista que toque sus manos y modele sus uñas, con lo cual su estancia en la sala de espera es indefinible. Cuando Carmen asoma por la puerta, le llama por su nombre y le mira a los ojos, Antonio nota que su corazón despierta sobresaltado, y no dice nada porque en ese momento, más que en cualquier otro, su voz se ha ido a otra parte y no la espera de vuelta hasta que Carmen haya terminado. Por eso mientras sus manos se tocan Antonio no piensa, solo imagina.
De vez en cuando se le puede ver sentado en algún banco de la plaza con una muleta a su lado, intenta averiguar el sexo de las palomas, al menos eso es lo que me contó cuando me senté a su vera una tarde de otoño. Hacía casi veinte años que no nos veíamos. Fue él el que me reconoció.
II
La estación de RENFE se encuentra cerca del instituto. Es una estación pequeña, asilvestrada, en medio del campo. Desde las clases de la segunda planta se puede ver como los trenes de la única línea que existe, excarcelan y encarcelan a los pasajeros durante sus paradas. Desde que Antonio descubrió aquel escenario de tránsito unánime, decidió pasar más tiempo allí que sentado en un pupitre.
Algún día tuvo que dejar la estación porque le echaron del instituto y eso no lo supo perdonar. Se alistó voluntario en el ejército. Al poco tiempo decidió ir a Bosnia en misión de paz. A los dos meses y un día una bomba explotó al paso de un vehículo blindado. En él iban Antonio y tres compañeros más. Quedó inconsciente y no sintió dolor. Los otros salieron mejor parados. Le amputaron una pierna y de la otra salvaron hasta la rodilla. Le repatriaron a España, “como cuando envías un paquete al extranjero, con la dirección equivocada, y te lo devuelven”, me dijo. Y se convirtió en un bulto molesto que nadie quería, ni los militares ni la sociedad civil.
Cuando terminó la rehabilitación consiguió caminar con dos prótesis y una muleta, y se instaló en el pueblo, en casa de su madre, que no tardó en exhalar el último aliento desde que vio entrar a Antonio por la puerta.
III
_La alcaldesa quiso hacerse la foto. En un principio pensé, que se jodan los políticos y la madre que los parió. Pero luego se me ocurrió que podría sacar algo a cambio. Después del acto le solté: me gustaría trabajar en la estación, así de sopetón, y a la tía se le abrieron los ojos como si le hubiese dicho que me la quería follar. Me preguntó que cuánto estaba cobrando de la pensión de incapacidad, y le dije que no era por dinero, que no quería estar en casa sin hacer nada, ni pasear por el pueblo como una atracción de circo, “y ¿qué puedes hacer tú en la estación?” me preguntó mirándome de arriba abajo, vender tickets, le contesté. Y hasta hoy.
_Bueno por lo menos se enrolló.
_Se enrrolló los cojones. La tuve que amenazar con ir a la tele a algún programa basura a contar toda esta mierda -y se quedó unos minutos mirando otro mundo que solo él conocía. ¿Y tú no te fuiste a vivir a Valencia? -me preguntó.
_Sí pero volví hace siete años. He estado viviendo en una casita en el campo hasta hace dos meses, que me bajé al pueblo. Allí no tenía luz, y en los inviernos me quedaba pajarito con la puta artrosis. He alquilado un pisito aquí detrás. Por eso no me he enterado de nada.
_ ¿Artrósis? Si Dios existe es un hijo de perra. Bueno, cuando quieras me llamas y te vienes a cenar. Hago unas pitas cojonudas.
Se levantó y se fue caminando con sus pies de plástico camuflados en unas deportivas. Esperé hasta perderle de vista mientras las hojas secas se movían a merced del viento formando pequeños remolinos y la tarde iba oscureciendo.

Pou Clar

En el Pou Clar el agua está tan fría que los niños juegan al despiste. Se acercan a la orilla, mojan un pie, y salen despavoridos entre risas histriónicas y gestos de excitación. Los adolescentes se retan entre sí a ver quién realiza las acrobacias más sorprendentes lanzándose desde los peñascos, desafiando la temperatura y la dureza del agua. Los adultos se bañan poco a lo largo del día. Se les suele ver sobre manchas de sombra de carrascas y fresnos; sentados en sillas plegables que ellos mismos acarrean; leen, duermen, conversan.
Una mujer de mediana edad se deja mecer por el vaivén del agua, a bordo de una colchoneta hinchable. Tiene los ojos cerrados pero no duerme. Los brazos le cuelgan por los laterales del estridente artilugio, y acaricia el frío elemento como si de seda se tratase. En su rostro, de nariz puntiaguda y finos labios, se pueden intuir los trazos de una sonrisa difuminada.
A mediodía se empiezan a ver bocadillos y refrescos que permanecían ocultos en neveras portátiles. Los adultos, dejan el libro, la conversación o el sueño y llaman a sus hijos. Los adolescentes se van reagrupando en corrillos, satisfechos con la actuación realizada, ocupan los rincones más inaccesibles del paraje. Descalzos como indios, se mueven con destreza y agilidad por grandes bloques de piedra caliza. La mujer, aprovecha el momento para girar su cuerpo lateralmente y zambullirse sin soltar la colchoneta – estremecida aparece su cabeza fuera del agua -. Comienza a mover las piernas y, como si nadase pero con las manos agarrando la lona hinchada, se dirige hacia la orilla. Cuando sus pies alcanzan el fondo se yergue. Con torpeza, camina sobre las piedras hasta que abandona el agua, mientras sujeta la colchoneta con una mano. Busca el rincón dónde dejó su bolso de mimbre y se sienta y suspira suavemente, y permanece unos segundos observando el juego de luces de un espectáculo teatral que la naturaleza representa en uno de sus manantiales de vida.
Se viste sobre el biquini, deshincha la colchoneta, y con mimo la dobla para que quepa en el bolso; y abandona el lugar sin distraer a los que comen, conversan o juegan al despiste, y se acomoda la media melena mojada detrás de las orejas, y la brisa le arranca una última gota de agua fría.

Volver a intentarlo

Recuerdo el día en que el presidente Kennedy fue asesinado. Ese mismo día decidí volver a pasar una temporada en el centro de Harry. Volver a intentarlo.
Por aquel entonces yo vivía con Anne, la conocí después de mi primer ingreso, y no sabía de mis problemas con el alcohol.
Los domingos solíamos preparar una barbacoa a la que invitábamos a amigos. Nos levantábamos temprano, y después de un rápido desayuno, Anne encendía la radio de la cocina y se ponía a preparar las chuletas, a hacer las hamburguesas y las salsas, mientras, yo daba un repaso al césped del jardín. Luego me duchaba, me cambiaba de ropa y me servía una copa. Solía salir al jardín a tomármela, no soportaba oír a Anne cantar las canciones que salían del transistor. El olor del césped recién cortado me recomponía.
Aquel día tenían que venir Ted y Evelyn. Cuando me disponía a encender el fuego sonó el teléfono, Anne ya había apagado la radio y se había metido en el cuarto de baño. Entré corriendo y contesté con el resuello en la boca. Era Ted. Lo sentía mucho pero no iban a poder venir, acababan de discutir y Evelyn se había encerrado en el dormitorio y se negaba a ir a ninguna parte.
Me serví otra copa, encendí un cigarrillo y me tiré en el sofá —la barbacoa era el escenario perfecto para beber sin sentimiento de culpa, en sociedad.
—¿Quién era John? —Anne apareció en mi espalda.
—Ted y Evelyn han discutido y no van a venir —le contesté enfurruñado.
—¿Y qué vamos a hacer con toda esa comida?
Anne se adentró en el salón y se puso de pie al lado del televisor. Llevaba una toalla en la cabeza a modo de turbante, otra que sujetaba con las axilas y que apenas le sobrepasaba la cintura. Se inclinó un poco hacia delante extendiendo los brazos, con las palmas de la mano hacia arriba, y puso una expresión en su cara como si de ello dependiesen nuestras vida. Anne era muy dada a ver el fin del mundo en cualquier esquina, y acostumbraba a esforzarse porque se le notase.
—Congélala —dije y me bebí la copa de un trago
—¿Cómo voy a congelarla si las chuletas ya se están macerando y las hamburguesas ya las he barnizado?
—¿Barnizado? ¿Desde cuando se barniza la comida? Se barnizan los muebles, los marcos de las puertas, pero ¿la comida? —exclamé mientras me levantaba del sofá.
—Sabes a qué me refiero John.
En esos momentos, Anne, acostumbraba a utilizar un tono de súplica, cantarín. La toalla que le cubría el torso estuvo a punto de caérsele. Se la volvió a colocar debajo de las axilas con gestos sobreactuados y comenzó a caminar arrastrando las zapatillas, con pasos cortos, hacia mí.
—Pues dásela a los pobres. Me voy a Barney´s —salí de casa y subí en el coche.
—¿Pero John, te vas y todo esa comida ahí? —me dijo desde la puerta.
Arranqué el coche y aceleré haciendo chirriar las ruedas.
A esas horas de la mañana en Barney´s apenas había nadie, pero el local estaba tan oscuro como si fuesen las diez de la noche. Entré y me senté en la barra. Le pedí un whisky a Barney, que no pudo evitar poner cara de “qué haces tú aquí a estas horas”. Mientras me servía le hice un gesto con la cabeza interrogándole acerca de la chica que estaba sentada a mi derecha. Se encogió de hombros y se apartó de nosotros. Era morena con el pelo largo, tenía la vista clavada en el televisor, que en ese momento estaba ofreciendo un partido de beisbol.
—¿Con quién vas? —le pregunté.
—Con el que gane —dijo girando la cabeza lentamente hasta mirarme.
—Entonces con los Knicks.
—He dicho con el que gane, no con quien va ganando —y dio el último trago a la cerveza.
Le pedí otra cerveza para Sarah (así me dijo que se llamaba) a Barney, y otra copa para mí. Estuvimos hablando de trivialidades, interrogándonos, jugando al gato y al ratón. Yo tomé tres o cuatro consumiciones más mientras tanto. Entonces noté que el momento había llegado. Dudé un instante, era la primera vez que sentía un deseo impune de ser infiel a Anne, alguna otra vez se me había pasado por la cabeza, pero deseché la posibilidad sin esfuerzo. Ese día lo vi claro.
—¿Te llevo a alguna parte? —le pregunté.
En ese momento Barney subió el volumen del televisor, habían interrumpido el partido para conectar con Dallas. “¡Han disparado al presidente!”, gritó Barney. Para mí fue como si el despertador hubiese interrumpido un sueño excitante. Barney estaba lo más cerca posible de la tele. “Oh, Dios mío”, susurró Sarah que dejó el taburete y se puso de pie junto a Barney. Yo, sin decir nada salí del local.
El contraste de luz casi me tiró al suelo. Tardé en encajar la llave en la cerradura del coche. Hice marcha atrás y encaré la carretera sin saber a dónde me dirigía. En el primer cruce paré ante una señal de stop. Ningún vehículo pasó delante de mí, sin embargo seguí parado, con el motor en marcha, y rodeado de calles desiertas. Comencé a sentir que me ahogaba, todo comenzó a dar vueltas, tanta soledad no era posible. “¿Han disparado al presidente? ¿Dónde están todos? ¿Al presidente Kennedy?” Abrí la puerta, incliné la cabeza hacia el asfalto, y vomité. Quise morir, o sentí que me moría. Estaba sudando. Las manos me temblaban. Me incorporé y busqué en la guantera pañuelos de papel, tropecé con una tarjeta, me quedé hipnotizado mirándola durante varios minutos. Era del centro de desintoxicación de Harry.
Al fin me limpié la boca con la manga de la camisa, retomé la marcha y me dirigí a casa. Cuando entré Anne estaba pegada al televisor.
—¡John, cariño, han matado al presidente, el presidente Kennedy ha muerto!

Agujeros negros

A Luís le acababan de despedir. Abandonó las oficinas y salió a la calle sin recoger nada del despacho y sin despedirse de nadie. Sabía que no iba a volver, sin embargo, no consideró importante nada de lo que dejó; ni la foto de su mujer y de su hija, ni el cepillo y la pasta de dientes, ni las cremas faciales ni la gomina, ni el lápiz de memoria con los correos porno que se intercambiaba con Nacho. “¡Ostia Nachete!, que le den, no le voy a dar el gustazo de darle yo mismo la noticia”. Lo importante no era nada de eso, lo importante era él. Le acababan de dar su primera patada en el culo después de cuarenta años de existencia, y como un boxeador noqueado, tirado en la lona mientras el público aclama a su rival, quería que la tierra se lo tragase, él que siempre pensó que la tierra le necesitaba.
Paró un taxi y por fin dio la dirección de un bloque de apartamentos
Mientras veía la vida pasar a través de la ventanilla, en su mente vio la suya. Una carrera meteórica. Bachiller, licenciatura, máster y directivo. Lo que siempre soñó. Casado a los treinta —recién estrenado su anhelado cargo en la compañía—, hija a los treinta y dos. Coche de alta gama, casa en la zona norte. Pádel dos veces por semana y cenas en casa los fines de semana con los amigotes, degustando el vino de moda y jamón de pata negra. “¿Y cómo le digo yo ahora a todos estos que…? ¿Y a mi mujer? ¿Y a mis padres?”

— ¿Estás sola? —hablaba a través del iPhone—. Estoy aquí abajo. ¿Puedo subir o no? Venga abre.
Cuando abrió la puerta del ascensor y pisó el rellano, Sandra ya le estaba esperando con la puerta abierta.
— ¡Pero a ti qué te pasa! —entraron en el apartamento.
— ¿Tienes malta?
— Claro que tengo, ya sabes dónde está — Sandra se sentó en el sofá.
— Me han despedido —dijo Luís después de dar un sorbo.
— ¿Qué?
— Que me han echado, me han puesto de patitas en la calle, me han mandado a tomar por saco. ¿Lo pillas?
Sandra tenía veinticinco años. Se dedicaba a ir al gimnasio tres o cuatro días por semana, dependiendo del trabajo que tuviera; otro día a la peluquería, donde también se ponía en manos de la esteticista; otro al masajista. Y cobraba trescientos euros por una hora de sexo. Aspiraba que alguno de sus clientes algún día la retirase, y así poder llevar el mismo nivel de vida pero trabajando sólo para uno. Con lo cual, lo primero que pensó fue que otra oportunidad se le estaba escapando, y ésta no era una oportunidad cualquiera. Luís era joven, teniendo en cuenta la media de edad de los demás, se mantenía en forma y era guapo.
— Pero te pagarán una buena indemnización, ¿no? Con tu puesto y diez años en la empresa… además, todavía eres joven, seguro que ofertas no te van a faltar, estás bien relacionado —dijo titubeante Sandra.
— A ver cómo te lo explico —Luís cogió una silla y se sentó enfrente de ella—. En primer lugar las cosas están fatal, no sé si te suena eso de la crisis, porque tengo entendido que a ti no te está afectando. En segundo lugar, los puestos de trescientos mil al año no los regalan, y en estas circunstancias menos; y en tercer lugar, en este mundo las buenas relaciones sirven para cuando estas dentro, para cuando estas sentado en la mesa y el crupier te da cartas, en ese caso, aunque te queden pocas fichas, esas buenas relaciones te pueden ayudar, pero si no estás sentado en la mesa, no te van a hacer ni puto caso, y ¿sabes por qué?, pues porque esa gente lo que más odia en el mundo es que les toquen los huevos, y un llorón es alguien que toca los huevos, ¿entiendes?
— ¿Tu mujer lo sabe? —a Sandra cada vez le costaba más modular su voz.
— Que va. He salido de la oficina y he venido directo aquí —se quedó pensativo— estará en el club de pádel, de mamoneo con sus amigas, o lijando la tarjeta. Yo que sé.
— ¿Y qué vas a hacer?
— ¿Que qué voy a hacer? Y yo que sé. Supongo que primero se lo tendré que decir a mi mujer, luego a mis padres… y a los demás (se refería a sus amigos) ya veremos, conforme vayan apareciendo, ya me inventaré algo.
— ¿Y tu hija?
— ¡De mi hija que se encargue mi mujer! — Luís se levantó y se puso a dar vueltas por el salón.
— Tranquilízate Luís. Estás empezando a asustarme.
En ese preciso instante, sonó el timbre del apartamento. Sandra dio un salto reflejo en el sofá y miró su reloj. Al tiempo, Luís levantó la cabeza y con cara de asombro preguntó:
— ¿Tienes un cliente ahora?
— Joder… no me acordaba.
— ¿¡Que no te acordabas!?
— Vienes sin avisar, me dices que te han echado y ¿quieres que me acuerde de este tío? — Sandra estaba a punto de llorar—. Vete y baja por las escalera. Te llamo luego.
Una vez en la calle, Luís, entró en el primer bar que vio. Pidió whisky con Coca-cola. Sentado en la barra y con el vaso de tubo en la mano, se quedó observando a la gente pasar. Una niña con uniforme de estudiante le recordó a su hija. María tenía ocho años. Era lista, decían las monjas del colegio, “podrá ser lo que quiera en la vida, con permiso del Santo Padre, claro”. En una pareja de jubilados vio a sus padres. Lo orgullosos que estaban de su Luisito. No escatimaron en gastos para la boda. La novia de su hijo, perteneciente a una familia con título nobiliario, pero completamente arruinada, era “una chica encantadora”. Y querían estar a la altura, e incluso superarla. De hecho, movieron todos los hilos posibles para que les casase el obispo. Y así fue.
Dio el último sorbo al combinado y pidió otro. Sacó el iPhone. Era la una. Lo tenía en modo silencio y, justo cuando empezaba a ver las llamadas y mensajes que tenía, desvió su dedo pulgar y apagó el aparato, desconectándose del mundo. Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, se bebió con dos tragos el whisky con Coca-cola, dejo veinte euros encima de la barra y salió del bar.
Caminó por las calles de la ciudad. Sentía como el corazón latía acelerado, las manos le sudaban, la boca la tenía seca; y solo deseaba desaparecer. Se sentó en el banco de un parque.
Se le acercó un mendigo. Era obeso, y arrastraba con dificultad un carro de supermercado que estaba repleto de objetos sin ningún orden. La barba larga y descuidad era blanca, al igual que el pelo de su cabeza. Sus ojos eran claros y brillantes. Era difícil deducir su edad. Se sentó en el mismo banco en el que Luís, como una estatua, permanecía desde hacía un buen rato.
— ¿No llevarás algo suelto? —Luís, impasible, no contestó—. Sí ya, entiendo. Solo llevas billetes y tarjetas —dijo mientras sacó del carro un tetrabrik de vino—. Yo en tu posición haría lo mismo. Las monedas lo único que hacen es molestar. Se las has dejado de propina a la camarera este mediodía ¿no? Bien hecho, buena forma de quitarse un peso de encima. Yo hago lo mismo con el vino. Ahora mismo no tengo un céntimo, y no sé si pillaré algo antes de que anochezca, pero me bebo igual el último brik que me queda, así quito peso del carro, que cada vez me cuesta más llevarlo a cuestas. Aquí en la calle se vive al día, no puedes planear nada. Tienes que estar pendiente siempre de si va a llover o no, de si te van a robar, de si te van a dar una paliza, en fin… que si tengo vino y sed pues me lo bebo, aunque no lleves nada suelto —dijo mirando a Luís con picardía. Éste permanecía impertérrito—. Yo no es que sea un vicioso ¿eh? El problema es que tengo unos dolores en las articulaciones insoportables, y la mejor medicina de todas las que he probado es esta —y levantó el tetrabrik con una mano—. Y es que todos tenemos algún agujero que tapar. Agujeros negros, sí eso es… agujeros negros. Y esos nunca los tapas, y como nunca los tapas pues sigues echando tierra. Y esa mentira, que te hace daño, es la que te alivia. Y esa mentira es la esperanza. Así es amigo.., esa mentira es la esperanza.
Luís se levantó, cruzó el parque y se detuvo justo al borde de la calzada. En la avenida el tráfico era fluido. Todos los semáforos estaban en verde y los vehículos circulaban a gran velocidad. Cuando un autobús urbano llegó a su altura, Luís se abalanzó sobre él.

Un niño es un catálogo de profesiones

A las afueras del pueblo, como una isla en un mar de bancales, se encontraba el colegio de primaria. Al terminar las clases, algunos niños demoraban la vuelta a casa. Cargados con sus mochilas, se dedicaban a lo que más les importaba. Se les podía ver robando albaricoques, o construyendo cabañas con palés sobre las ramas de  los olivos, o afilando y lijando cañas secas que convertían en lanzas – con las que se defendían del ataque de sus antagonistas, que ellos mismos designaban -. Cuando llegaban a casa, ya llevaban varias vidas vividas.

Una mañana de finales de septiembre, recién comenzado el curso, mientras estaban en clase, aparecieron las primeras excavadoras. Los niños, ignorando a la profesora, se abalanzaron sobre las ventanas. Uno sugirió que se trataba de una invasión de enormes insectos de hierro. Otro matizó que sí, eran insectos, pero con boca de tiburón. Alguien que después de las clases cruzaba los bancales sin detenerse hasta llegar a casa, informó que solo eran excavadoras, y que servían para hacer agujeros en la tierra. Asier, que con cuatro amigos, tenían una cabaña a medio hacer en un lugar recóndito, se le quedó mirando con los ojos bien abiertos y chispeantes.

La profesora consiguió que los niños volviesen a sus pupitres. Les dijo que las excavadoras estaban allí para habilitar algunos bancales, de forma que los feriantes pudiesen instalar sus atracciones. La feria, a partir de ese año, durante el mes de noviembre, iba a instalarse junto al colegio. Una catarata de gritos y risas histriónicas inundó el aula.

Al terminar las clases, Asier no acompañó a sus cuatro amigos a terminar la cabaña. Se dirigió a ver cómo trabajaban aquellas máquinas, y comprobó que cada una de ellas, era dirigida, desde una pequeña cabina, por un operario. Esa noche, mientras cenaba en casa, con sus padres y su hermana pequeña, Asier anunció que de mayor sería conductor de excavadoras. Su padre, con una sonrisa, que Asier interpretó burlona, le preguntó si ya no quería ser basurero – durante las noches de verano, quedó hipnotizado por el camión de la basura -. El niño agachó la cabeza, fijó la mirada en el plato de sopa, y reiteró con seriedad que sería conductor de excavadoras. Su hermana, dos años menor, dijo que ella sería médico, para curar a su muñeca que se le había soltado un brazo.

A principios de noviembre llegó la primera atracción al nuevo recinto ferial. Se trataba de los coches de choque. Al salir del colegio, Asier no perdió detalle del montaje de la instalación y, poco a poco, se fue ganando la confianza de los feriantes. Una vez ésta montada y en funcionamiento, tanto las tardes después de las clases como los fines de semana, los pasaba ayudando a los feriantes a ordenar los coches sobre la pista.

De mayor sería feriante, en concreto cochero, le dijo a su madre la tarde en que la feria desapareció del pueblo hasta el año próximo. Sí, si ya se ve que no eres una lumbrera, en eso no te pareces en nada a tu hermana – espetó ella.

Llegaron las navidades,  y en el recinto ferial comenzó a crecer la carpa de un circo. No tardó Asier en concluir que esa sería su profesión de futuro, a pesar de que los trabajadores circenses no se mostraron tan hospitalarios como los feriantes. Esta vez no contó a nadie sus proyectos de futuro.

Pasó el invierno y la luz se tornó más cálida. El recinto ferial era un explanada de tierra seca y compacta. Durante ese tiempo quiso ser electricista, carpintero y pintor – y es que su madre decidió hacer unas reformas en la cocina.

Al cumplir diez años, recién estrenado el verano, su abuela le regaló una bicicleta, con la que practicó bicicrós en los bancales aplanados. Comenzó, entonces, la vertiente deportiva. Primero ciclista, luego la bicicleta dio paso al balón de futbol y, jugando al fútbol, llegó la adolescencia.

Era el último año en el colegio que emergía entre los bancales, el próximo curso tocaba cambio de ciclo y eso significaba, en principio, trasladarse al instituto. Sin embargo, y llegado el momento, su padre le dijo que si se iba al instituto sería un fracaso absoluto, y que era más seguro – para su futuro académico – internarle en un colegio de franciscanos.

Al dar las tres

Cuando apareció en el camino, El Flaco Rodríguez no lo sabía, pero acababan de dar las tres. El sol desparramaba toda su intensidad, con tal resentimiento, que parecía que todo estuviera en llamas. Los pies le abrasaban. Sus botas de piel de serpiente pisaban un asfalto deshecho, que albergaba en sus debilidades tierra y piedras rojizas de páramos sin horizonte que le observaban.  Podía oír el sonido del aire caliente zumbar en sus oídos. Los poros de su piel eran volcanes, su camisa blanca y sus pantalones negros —sujetos con un cinturón con una calavera como hebilla—  una segunda piel pegada a su cuerpo. Notó que ese entorno, extraño y asfixiante, había conseguido aplacar en cierta forma la angustia de su huida, y le hizo desear caer en manos de los Chatos,  que se cobrasen la venganza y que le mandasen al infierno.

De la nada, apareció ante él un anciano que descendía la pendiente, que pronunciaba el camino con vehemencia. Cuando se encontraron cara a cara, El Flaco vio en sus ojos una mirada de espera.

—¿Sabe usted a dónde lleva este camino?

—A mi casa, nada más hay.

—¿Y a cuánto queda su casa?

—A una hora. Si se llega.

—Pues será mejor que me acompañe y que lleguemos si todavía tiene apego a la vida.

El Flaco sacó una pistola que sujetaba su cinturón en los riñones. El anciano no movió ni una sola arruga de su piel curtida y seca, como si ya hubiese sudado todo lo que tenía que sudar, y dijo:

—Sea pues.

Y dio la vuelta y comenzó a ascender por el camino.

Al verle la espalda, a  El Flaco le golpeó tal estremecimiento, que se le nubló la vista y se le agarrotaron  los músculos tanto como lo hace la muerte. Sintió que la forma de caminar del anciano era la de quién sabe qué va a pasar. Le siguió a duras penas, con una respiración que era un fuelle.

—¿Cuánto queda?

—No más de media hora. Si se llega.

El Flaco notó con angustia el sentido de esas palabras, “si se llega…”. Su mente, embutida, igual le decía que era una muletilla, como que era amenaza velada. ¿Cómo iba a ser el abuelo una amenaza si era él el que llevaba el arma? La única y verdadera amenaza eran los Chatos, desde que mató, a cambio de unos billetes, al patriarca de la familia con dos balazos por la espalda, y luego le orinó encima: su firma.

—¿No hay agua hasta llegar?

—La de la orina. Si se tiene ganas.

Una manada de cuervos rompiendo el aire creyó oír El Flaco que levantó la mirada y solo vio reflejos negros sobre un cielo en llamas. Se tambaleó como un borracho y  se le abrió la mano que sujetaba la pistola, ésta cayó al suelo y resbaló pendiente abajo y desapareció de su vista. El anciano se dio la vuelta, y le miró con la misma mirada que cuando se lo encontró tres cuartos de hora antes. El Flaco Rodríguez le aguantó la mirada hasta que se le rompió como un espejo, su sangre comenzó a hervir y el anciano se difuminó.

El Flaco cayó al suelo, y girando sobre sí mismo, su cuerpo inerte fue arrastrado por la pendiente durante unos metros, hasta detenerse boca abajo y con los brazos en cruz.

El anciano bajó hasta él y se le quedó mirando durante varios minutos. Luego anduvo más abajo y buscó la pistola,  hasta encontrarla, y volvió donde el cuerpo. Se desabrochó la bragueta y se meó en la cabeza de El Flaco, que medio abrió los ojos y le preguntó al anciano con voz de muerto:

—¿Ya llegamos, patriarca?

—Sí compadre, hará la hora que nos encontramos.

Dos disparos atravesaron la espalda de El Flaco Rodríguez al dar las tres.

Tierra seca

Se levantó de la cama y  se puso las zapatillas. Y como salido del sueño que no había conseguido conciliar se dirigió al salón. Todas las puertas y ventanas de la casa se encontraban cerradas para aliviar el bochorno que reinaba a primera hora de la tarde, tiempo que los inquilinos aprovechaban para esquivarlo haciendo la siesta. Sin embargo, a Alex, le costaba conciliar el sueño a esas horas: su energía, propia de su temprana edad, no se veía aplacada por el rigor de la temperatura ambiente.  Todo lo contrario les ocurría a sus abuelos, Alfredo y Carmen, que justo en ese momento dormían plácidamente.

Con la certeza de que no les iba a despertar desbloqueó los cerrojos y abrió la puerta. Afuera no se oía nada, parecía que el calor hubiera enmudecido el mundo. La  tierra de los campos, seca y agrietada, confería al paisaje un aspecto desértico. No tardó en ver como una cucaracha buscaba refugio bajo tierra a través de una de esas aberturas. En ese instante se percató de que ni las hormigas eran capaces de trabajar bajo esas condiciones. Con este pensamiento en la cabeza, y con paso lento y constante, Alex decidió buscar refugio también y se dirigió hacía el riachuelo.

Éste se encontraba al fondo de un pequeño barranco al que se accedía por un sendero de desnivel considerable. Al llegar oyó el frescor que emana el agua cuando golpea las piedras y da pequeños saltos. Se sentó al borde del riachuelo, se quitó las zapatillas, y metió los pies dentro. Alrededor de sus pies una manada de renacuajos buceaban buscando comida, o eso fue lo que Alex pensó. En esas condiciones es más fácil buscar comida, seguro que si las hormigas pudiesen bucear también estarían trabajando a estas horas, se agregó a sí mismo. Instante en el que una abeja se posó en una de sus rodillas flexionadas. Impertérrito la observo con mirada desafiante – el sonido del riachuelo cobró su mayor sentido-. La abeja se cansó de explorar su muslo y se detuvo en la parte externa del mismo. Le picó.

Alex no movió ni un músculo de la cara, tampoco emitió ningún sonido quejumbroso. Sólo el movimiento reflejo de la pierna podía describir lo que pasó. Sin levantarse cogió un poco de barro de la orilla y lo froto suavemente sobre la picadura. No lo sabes, pero vas a morir por lo que has hecho, le dijo en silencio a la abeja mientras ésta se alejaba.

Se levantó y con los pies mojados y descalzos se dirigió al cañaveral que había a sus espaldas. Sacó una navaja que siempre llevaba consigo desde que se la regaló Alfredo, e hizo lo que tantas otras veces ya había hecho. Rompió una caña seca y, con la navaja, la afiló y lijó hasta convertirla en lanza.             Y es que en muchas ocasiones tuvo que defenderse de vaqueros que intentaban apropiarse de sus tierras.

Ya con los pies secos se enfundó las zapatillas, y con el arma en la mano emprendió el camino de vuelta a casa.

Si un observador hubiese estado viendo la escena en ese instante, hubiese visto a un adolescente de pelo castaño claro, rizado, largo y descuidado. Con ojos azules de mirada perdida. Delgado hasta poder distinguir perfectamente cada una de sus costillas. Con bañador y zapatillas como único atuendo, y con una caña afilada en su mano izquierda, caminando sobre tierra seca y rescrebajada. El observador hubiera podido concluir tajantemente que se trataba de una aparición fantasmal.

Alex entro en la casa y cerró la puerta echando ambos cerrojos. Se dirigió a la cocina, dejó la lanza apoyada en la pared y sacó agua fresca del pozo. Se bebió dos vasos seguidos prácticamente sin respirar. Cogió el arma de nuevo y encaminó sus silenciosos pasos hacia la habitación donde sus abuelos todavía dormían. Alfredo dormía boca arriba y Carmen de costado. Se quedó de pie junto a la cama, observándoles. Empuñó la lanza con las dos manos, la elevo por encima de su cabeza y con todas sus fuerzas la clavó en el estómago de Alfredo.

Sangre y gritos empañaron el silencio. Súplicas y llantos ensayados en las horas muertas de la destrucción irrumpieron en el sueño.

La inundación

Recuerdo haber sobrevivido a la última inundación  resguardándome bajo un antojo. Aquel día, cuando comenzó la tormenta, me entraron ganas de comerme un Cornetto de nata, así que entré en un quiosco. El sitio estaba oscuro. Los seres que allí vivían se bastaban con la luz que filtraban unos cristales ricos en polvo y demás partículas. En realidad, todo el espacio era rico en moléculas silvestres. Me sentí como pez en la pecera. Salió de la trastienda un hombre que no debía sobrepasar el metro sesenta de estatura. Vestido con una sudadera roja y un bañador verde con motivos florales.  El pelo lo tenía embadurnado de gomina natural. La barba, corta pero presencial, le hacía parecerse a Yucatán Epsicón en “La sombra del diamante”.

Mientras tanto, afuera, la lluvia iba in crescendo. Los rayos y truenos comenzaron a estremecer a los más débiles de espíritu y, las alcantarillas, a vomitar todo lo que tragaban.

_ Un Cornetto de nata, por favor – le pedí al falso Yucatán.

_ Con la que está cayendo.

En ese momento vi, a través de los cristales, a una mujer a bordo de una barca. La pequeña embarcación era una zódiac hinchable. Ciego hubiera estado si no reconociese la maestría con que la mujer manejaba aquel batel. El falso Yucatán se puso a mi lado y, con la vista clavada en la mujer de la zódiac, me dio el Corneto y dijo:

_ Esto se está poniendo feo.

Yo no dije nada, no por nada, más bien porque no se me ocurrió qué decir.

Permanecimos de pie, juntos, yo con el helado en la mano, él con los brazos caídos, en posición natural; absortos, hechizados por la pericia y diligencia en el manejo de los remos, que la mujer de la zódiac hacía gala. Sorteaba toda suerte de olas, ora una grande, ora una pequeña; ora esquivaba un rayo, ora un árbol, ora un coche que arrastraba la corriente, ora un niño que parecía que se estaba ahogando. Miré al falso Yucatán y estaba boquiabierto. Yo seguí comiéndome el cucurucho y dije con la boca llena:

_ Qué mujer.

_ Es la más grande que he visto jamás – sentenció el falso Yucatán sin mover un músculo.

Mientras tanto el agua ya había entrado en el quiosco y cubría nuestros pies. En realidad, casi alcanzaba las rodillas.

_ Voy a quitar la luz y así no nos electrocutaremos – me sorprendió el verbo fácil del falso Yucatán. Estuve pensando en la última palabra que pronunció, contando las letras,  intentando reproducirla silenciosamente.

Volvió con un bocadillo de chorizo entre las manos. Me preguntó si quería. Pensé que si le decía que no, se podría sentir ofendido, así que le di un buen mordisco. Él le dio otro al instante.

De repente entró bruscamente y algo nervioso un señor que exclamó de forma histérica:

_ ¡El agua se está llevando mi coche, ayúdenme, hay que avisar inmediatamente a la autoridad competente!

Entonces la ira se apoderó de mí y grité. El falso Yucatán tiró el bocadillo y se abalanzó sobre él. Yo dudé, ya que en ese momento la mujer de la zódiac estaba sorteando una farola, sin embargo, la ira que albergaba mi corazón pudo con el deseo de contemplar la perfección. Di el último bocado al Cornetto y salté encima de los dos. Los tres  caímos y nos hundimos en el agua, que ya era un mar en el quiosco. Lo que pasó a continuación, mi conciencia no lo sabe. El caso, es que solo el falso Yucatán y yo emergimos.

_ Está muerto.

_ Sí, está muerto.

En ese momento dejó de llover. El agua  nos cubría hasta el cuello, y se podían ver cajas de chucherías flotando, como antiguos galeones cargados de oro.

Oímos una voz procedente del exterior, nos giramos y, a través del cristal, vimos la zódiac flotar a la altura de nuestras cabezas. Deducimos que era la mujer quién  pronunció esas palabras que en un principio no entendimos.

_ Digo, que si necesitáis ayuda – gritó.

Nos miramos y al unísono respondimos:

_ ¡Nooo! – sin saber muy bien por qué.

Entonces vimos la zódiac alejarse, esta vez sin estridencias. Las aguas eran más mansas que hace apenas unos minutos, el cielo ya no rugía. Fue la última vez que supimos de la existencia de la zódiac y de su excepcional tripulante.

Poco a poco el nivel del agua fue bajando. El falso Yucatán llamó por teléfono a la autoridad competente para avisar de la muerte del hombre histérico, que cuando las aguas volvieron a su cauce pudimos ver en el suelo.

Tiempo después los periódicos se hicieron eco de la muerte del hombre histérico. Al parecer fue la única víctima de la inundación. El niño que parecía que se ahogaba, no fue más que una alucinación.